27 de julio de 2026

La Isleta mediados del siglo XX. Archivo FEDAC

«Según los fusilaban en La Isleta les daban el tiro en la nuca por si quedaban vivos. Uno a uno les iban disparando y podía ser tanto el oficial de guardia como el capellán militar quienes apretaran el gatillo.»

Goyo Martínez Santana

En la calle Albareda, Luisita Mederos y su hermano Damián, se acurrucaban secretamente en la azotea de su casa familiar, cuando pasaba el camión con los cuerpos de los hombres fusilados en el campo de tiro de La Isleta. Era fácil verlo venir porque el escaso tráfico de la época se apartaba ante el vehículo militar, que iba dejando mientras atravesaba toda la ciudad de Las Palmas un espantoso reguero de sangre que nadie se atrevía a limpiar, manteniéndose días hasta la siguiente caravana de la muerte. Su objetivo principal era generar terror entre la población, un miedo atávico, siguiendo las consignas que lanzaban por radio los Generales sediciosos Mola o Yagüe desde los frentes de guerra peninsulares.

La niña más mayor con once años le tapaba los ojos a su hermanito de siete, para que no viera del todo los terroríficos cadáveres amontonados unos sobre otros acribillados a balazos, en su mayoría hombres jóvenes, fuertes como dragos viejos de los duros trabajos agrícolas: jornaleros, trabajadores del muelle pesquero, de la carga blanca, también funcionarios, alcaldes, periodistas, abogados, médicos, enfermeros, telegrafistas, pescadores, empleados de Correos. Todo tipo de perfiles, gente corriente, hijos del pueblo canario que meses, quizá días antes del golpe fascista del 36, te podías encontrar por cualquier calle, en una luchada, en una taifa (1), en un partido de futbol, comprando en el mercado o asistiendo con sus familias desde la costa a las regatas de vela latina.

Pero allí estaban llenos de agujeros de bala, muertos, destrozados, muñecos rotos, como guiñapos, observados por los ojos inocentes de una niña, camino de un entierro indigno para que nunca jamás se pudieran recuperar sus restos. Se hizo costumbre en Luisita y Damián subir a verlos a escondidas de su madre que cerraba puertas y ventanas ante el paso lento de lo que ya se conocía popularmente como el “Camión de la carne”.

(1) Reunión tradicional para bailar música popular, que podía ser una celebración improvisada en una casa particular o un evento más grande. Se caracterizaba por la música folclórica, la vestimenta tradicional y la comida típica canaria.

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