«Desde la comisaría de Falange salían los camiones llenos de cuerpos destrozados camino de los pozos, de la sima o de las fosas de arena del istmo…»
Manolo Cabrera Hernández
Los restos humanos que removieron los tractores en la reforma del alcantarillado de la calle León y Castillo en junio de 1977, eran de dos mujeres y un hombre. Luis Bruno García, observó como entre el barro uno de los cráneos con ropa femenina tenía un agujero de bala en la cabeza. El joven obrero llamó al encargado y se formó un corro de trabajadores y transeúntes que observaban atónitos la dantesca imagen:
-Estos son rojos de la comisaría Luis Antúnez, el Colegio La Salle, que enterraron ahí, todo esto está lleno de cadáveres- dijo cauto el profesor de auto escuela Manuel León, que había aparcado el coche con una alumna dentro unos metros más adelante de la obra.
Todos lo miraron con desconcierto y miedo, haciéndose un silencio mientras los cuerpos se visibilizaban al ir quitando tierra y escombros. Las ropas rasgadas de alguna forma misteriosa se habían conservado parcialmente, quizá porque estaban enterrados en una pequeña cueva bajo aquella vía tan importante de Las Palmas de Gran Canaria.
Al rato apareció un coche de la policía municipal que sin hacer ningún comentario dispersaron pacíficamente al grupo de la fosa. Más tarde llegaron guardias civiles y una camioneta del Cabildo. Actuaban metódicamente como si aquello fuera habitual metiendo los huesos en sacos y llevándoselos de allí. En menos de una hora la obra se reinició sin ni siquiera tener en cuenta la posibilidad de otros hallazgos de los cientos de crímenes cometidos en los apenas tres kilómetros entre el centro de tortura cercano a la Playa de Las Alcaravaneras y el Hotel Metropol. Allí seguirán bajo asfalto y hormigón como semillas jamás buscadas.
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