27 de julio de 2026

Rosaura y los muertos

«Y en palabras ininteligibles le cambiaba la cara y hablaba en otro idioma, una lengua que por el sonido parecía ancestral».

Juanita Perdomo Cerpa, enfermera del Movimiento

Rosaura Martel Florido, visitaba una vez al mes a Ramona, que era como conocían en el sureste de Gran Canaria a la espiritista sin nombre de la subida entre Telde y Lomo Magullo.

La mujer que hablaba con los muertos en una lengua desconocida que nadie entendía, era hija también de un desaparecido, pero de la isla de La Palma. Ella vio con cinco años cómo se llevaban a su padre en un camión de Fyffes Limited cargado de hombres vecinos de Tazacorte, Los Llanos, El Paso y Argual, todos jornaleros de las plataneras de los ingleses que tenían arrendadas casi todas las fincas de los mayores propietarios del municipio.

Ramona la esperaba todos los primeros lunes de mes fumándose un habano, siempre vestida de luto riguroso, sentada en una piedra de la entrada.

Rosaura llegaba asfixiada de subir la cuesta desde Tara todavía de noche para llegar antes de las siete de la mañana, que era la hora más apropiada para que las almas de aquellos desgraciados pudieran acudir desde los lugares más remotos del infinito a la luz de los candiles.

La muchacha le pagaba con una bolsa de naranjas del país de La Higuera Canaria, donde trabajaba de criada en la hacienda de Los Melianes.

El amo la había dejado embarazada forzándola violentamente cuando se emborrachaba ya tres veces en cinco años, desde que llegó allí con apenas catorce años.

Perdió dos de los bebés en sucesivos abortos y solo le quedó una niña muy hermosa que tenía una enfermedad en la columna vertebral que la tenía postrada día y noche en el camastro de paja de la abuela Chona, fallecida de un ataque al corazón la misma noche de noviembre del 36 que se llevaron a su hijo a la Sima Jinámar por Caserones, con el alcalde y la joven maestra de escuela Maribel Castro.

En silencio las dos entraban a la pequeña habitación iluminada por velas y un candil que nunca se apagaba y la mujer iniciaba una especie de baile, como si estuviera poseída y empezaba a conversar como un hombre, muy ronco y varonil, con la misma voz del padre de Rosaura:

-Yo estoy aquí tranquilito, no tengo ya cuerpo, pero veo todo y me da mucho coraje el daño que te están haciendo esos demonios que tiraron a medio municipio en ese agujero de la muerte, pegándonos a muchos un tiro en la cabeza y a otros como a mí lanzándonos directamente vivos con las manos amarradas a la espalda-

La muchacha le contaba de la niña y de lo lista y espabilada que era, de cómo la había enseñado a leer y escribir sin poder ir a la escuela de don Domingo el cura de San Gregorio.

Ramona entraba en algún momento en una especie de trance entre convulsiones en el suelo, gritando muy enfadada en el idioma de los ancestros que todo el mundo había olvidado, porque los frailes y hombres de armadura le cortaban tras la invasión la lengua a quienes la hablaban.

Antes de partir sobre las diez de la mañana le entregaba un ungüento dentro de una botellita de jarabe para que lo tomara todas las noches con la chiquilla antes de meterse con ella en la cama:

-Tómenlo despacito las dos, solo unas gotitas con agua de lluvia cada una. Los hombres del otro lado siguen alzados y están por aquí, te esperan pa seguir diciéndote la próxima luna llena-

About The Author