20 octubre 2020

Tela de araña

Imagen: Mujeres trabajadoras Gran Canaria. Fondos de la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (Fedac) ©Cabildo de Gran Canaria

«El camión dijeron a los pocos días fue directo a la Sima Jinámar, por la lluvia casi no llegan al agujero, tuvieron que esmerarse entre el barro arrastrando a los hombres, los truenos y los rayos barruntaban sucesos terribles.» Saturnino Hernández Martel

«(…) Cuando me cortaba con las zarzas en las caminatas por Las Meleguinas, tenía un remedio infalible, me ponía tela de araña, la cogía con cuidado de que al insecto le quedara para seguir hilando su hogar, luego en silencio me la iba poniendo muy despacito, lavaba la herida con agua, yo cerraba los ojos porque siempre me dio miedo la sangre, entonces notaba aquello tan suave rodeando mi herida, parecía una pluma rozando mi piel, enseguida la hemorragia se cortaba. Él se me quedaba mirando en silencio con media sonrisa, entonces me cortaba un tuno indio con la delicadeza habitual, ni una púa en sus dedos, lo limpiaba con cerrillos secos, me lo daba en la boca y yo saboreaba algo dulce y amargo, fresco como el alba en mi boca de niña. Por eso supe que aquellas heridas de mi padre no se podían curar con tela de araña, que era imposible detener aquel horror de aquella noche de agosto del 36, cuando tocaron en la puerta con el camión en marcha en el callejón, mi madre abrió la puerta y les dijo que mi padre no estaba, entonces un falangista alto y rubio de Utiaca, conocido como «El alemán», le dio un cabezazo la dejó muerta en el suelo echando un chorro de sangre por la nariz. Yo miraba a mi padre amarrado, maltratado dentro de casa, patadas, culatazos, puñetazos, golpes con las varas de madera. Entre todo aquel barullo no dejaba de mirarme, hasta le vi una sonrisa y como con los ojos diciéndome que estuviera tranquila que volvería. Al rato me quedé sola, llevé agua a mi madre y se la eché en la cabeza, abrió los ojos, traté de curarle la nariz rota con tela de araña, la inocencia de los cinco años, ella me abrazó muy fuerte, afuera ya no se escuchaba nada, solo los perros, la campana de la iglesia a las seis de la mañana, mujeres caminando a misa, el olor del amanecer cuando la lluvia lo impregna para siempre…»

Testimonio de Luisa León Jiménez, vecina de Santa Brígida (Gran Canaria) en los años de su infancia.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en Vilaflor (Tenerife), el 29 de abril de 2004.

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