28 octubre 2021

Transgeneracional

La perrita Estrella, mi primo Javier, yo con el coche construido por mi padre, en el particular patio de casa

«Con el “ten cuidado”, frenamos a los demás y a nosotros mismos de ser libres y de luchar contras las desigualdades y los privilegios. Ese miedo extendido y heredado como una plaga en muchos de los españoles, lo conocen y  lo usan desde el poder para imponernos tantas y tan dañinas injusticias como estamos sufriendo en la actualidad. Y si alguno tiene la osadía de enfrentarse al poder, conocemos todo el aparato legal instaurado a nivel legal por parte del gobierno actual para castigarlo y reprimirlo, e infundirle de nuevo el miedo».

Clara Valverde Gefaell (Desenterrar las palabras)

Los primeros años de mi vida anduve imbuido en una constelación de cariño, transcurrieron en un entorno de amor infinito, tanto que mis padres podían ser mis abuelos, mis abuelas mis madres, casi no había diferencia, les ponía nombres y todos comenzaban por “papá” o “mamá”, entre perras y perros juguetones, revolcado en aquel patio para mi gigantesco de árboles pájaros y flores.

Luego llegó el momento de salir al exterior, en el colegio pegaban y ridiculizaban desde el primer día, no había piedad, ni razones entre los palos y los tirones de oreja por nada.

En las calles de Tamaraceite estaba de moda la ridiculización del “diferente”, por eso todo ese amor que me habían dado tanto tiempo se fue diluyendo entre burlas, palizas, robos, apodos, juegos siniestros que consistían en abusar del más débil.

Yo me posicioné aunque siguiera teniendo miedo, por eso nunca estuve en la cola de la habitual “violación” grupal ¿Consentida? Jamás lo supe, de algún compañero con otra tendencia sexual, por eso a veces gritaba como ellos para tratar de ser uno más y evitar la burla, aunque en mi casa la nota era el silencio, hablar en voz baja, casi siempre un susurro protector.

Tal vez porque pocos años antes se llevaron y nos mataron a lo que más queríamos, también eran hombres “graciosos”, crueles, malas personas, con poder, uniformes y fusiles, que ridiculizaban a mi abuelo, a mi abuela, a mis padres empeñados en educarme para que no fuera jamás como ellos.

La calle parecía en los 60 vengarse de los que tuvimos asesinados, de los que desconocíamos la maldad y el hacer daño por crear dolor, humillación y tristeza, seguramente por todo eso de alguna forma nos rebelamos cada uno a su manera, este que les escribe siempre se ha considerado fuera del rebaño, volando libre, contracorriente, aunque casi se me hayan destrozado las alas y parte de mi corazón, aunque jamás me haya liberado del todo de ese miedo que sigue viviendo en mi, aunque lo haya superado en cada acción de vida y lucha.