27 de julio de 2026

Traslado de muertos

Camión Henschel, hacia el año 1936, Museo Histórico Militar de Canarias

«Allí mismo vi a Carmelito, mi padrino de bautizo, que no tenía más de veinte años, el cuerpo lleno de agujeros de bala y los labios secos como la tierra de los tomateros.»

Margarita Cabrera Suárez

El lunes 14 de diciembre de 1936 el viejo camión militar empezó a emitir un ruido atronador de tuercas sueltas y mucho humo a la altura del Puente Palo al final de la calle Triana.

Su conductor, un militar joven de quintas tuvo que parar a un lado, ante el asombro de los viandantes que sabían perfectamente que iba cargado de cadáveres de hombres fusilados en el campo de tiro de La Isleta:

—¿Qué coño pasa “Sevilla”?- dijo bajándose de un auto de la escolta el sargento Ginés Calimano, ante la mirada atónita del chofer que le dijo:

—Mi sargento el motor se está quemando, fueron demasiados viajes hoy con mucha carga de “carne”, que era como llamaban esos traslados; y parece que esto no se pondrá más en marcha-

La sangre salía como si fuera pintura roja debajo del vehículo y corría por la pequeña cuesta que terminaba en el mercado. Sangre de los ejecutados tras Consejo de Guerra acusados de rebelión militar.

Allí estuvieron casi cuatro horas ante el mal olor de los cuerpos en proceso de putrefacción. La fosa común de Vegueta donde pensaban arrojarlos todavía estaba a varios kilómetros:

—¿Qué quieren que los llevemos a cuestas uno uno hasta el puto cementerio?- contestó rotundo Calimano en una conversación allí parados con el cabo primero isletero Juan Santana Exposito.

A las nueve de la noche tras aquella larga espera apareció un camión de plátanos de Los Betancores y entre falangistas, paisanos afines y militares los fueron trasladando de vehículo.

Eran cadáveres tiesos con rigor mortis que desprendían ya a esa hora un olor que hacía vomitar a los fascistas y a parte de la gente que curiosa se aglomeraba para ver aquella situación dantesca en el centro de la ciudad de Las Palmas.

Eran hombres algunos con uniforme militar y de la guardia civil unos pocos, el resto, la mayoría, vestían como jornaleros de las fincas de los oligarcas agrícolas: pantalón negro o gris, fajín de tela de manta y alpargatas. Unos cuantos no habían perdido la boina o el cachorro (1) y al tener los ojos abiertos parecían con los rostros pálidos que seguían vivos.

La operación de traslado duró más de una hora, donde esperaban los sepultureros y flechas voluntarios para enterrarlos con cal viva en cada uno de los cuarteles de las fosas.

Un escribiente con una mesa al aire libre iba anotando sus datos personales a mano en unas enormes libretas: nombre y apellidos, edad, hora del fusilamiento, motivos, número de causa judicial.

Llamó mucho la atención la juventud de los asesinados tras violentas torturas durante semanas.

Una vecina identificó a un muchacho vecino de San Roque que tan solo tenía catorce años.

Al partir el camión de los terratenientes cargado de muertos allí se quedó el transporte militar oliendo a sangre y vísceras que venía arrastrando desde el otro extremo portuario de la capital de la provincia la triste carga.

(1) Se refiere principalmente a un sombrero tradicional de ala ancha, fieltro o palma, usado por campesinos isleños.

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