25 septiembre 2022

Triana era un espejismo

Calle Triana Las Palmas GC 1965 (Fedac)

«La violencia es el último recurso del incompetente.»

Isaac Asimov

Olía a ensaimadas recién horneadas, al humo del gasoil de los coches, tanto que hasta el sabor de las milhojas se podía sentir en nuestros paladares infantiles, acudíamos allí a la fuerza, aquel colegio era un refugio del demonio que nos esperaba agazapado, don Manuel no pasaba una, no se le oía llegar por sus zapatos de goma silenciados, cuando lo veías lo tenías detrás y si estabas hablando, riendo, jugando con tu compañero de pupitre te golpeaba con lo que tuviera a mano, el palo de las palizas, su puño en tu cara, palmetazos que hinchaban las palmas enrojecidas.

No he vuelto a experimentar esa sensación, las manos latiendo de dolor como si fueran dos corazones fuera del pecho, luego mirabas por la ventana y en Triana todo era normal, el Palacio de los Juguetes seguía abierto, mostrándonos toda la magia inalcanzable, la gente se arremolinaba en la entrada de Almacenes Cuadrado, de Cortefiel, nadie imaginaba lo que pasaba en aquel colegio junto al aroma de la Dulcería La Madrileña.

Yo llegaba a pensar que tal vez alguien escucharía los cogotazos, los cachetones, las palizas diarias que comenzaban a veces desde las ocho de la mañana, solo por reírnos, por hablar en voz baja, por jugar entre las páginas de El Parvulito, bromear sobre aquellas insignes imágenes de hombres brazo en alto aplastando demonios vestidos de rojo.

Pensaba en silencio que cualquiera de repente, alguna especie de justiciero desconocido subiría a toda velocidad las escaleras del Santa Rosa de Lima y tomaría por el cuello a la bestia maltratadora, que entre las fotos de Franco y José Antonio le haría saber que no estaba bien pegar a niñas y niños que tan solo se comportaban como niñas y niños.

Pero eso no pasaba abajo seguía oliendo a roscas, el tumulto de la multitud recorriendo las aceras, el vendedor de lotería, uno que había sido matarife de Falange.

Muchos años antes de mi rebelión acabando la EGB, cuando loco de ira levanté aquella silla y le dije que si me volvía a tocar se la pegaba en la cabeza.

Pero con cuatro, cinco, seis, siete años solo enjugaba mis lágrimas, no podía respirar bien, me sentía el niño más triste del mundo, miraba la normalidad de aquella calle abarrotada desde la ventana del infierno.