«El agua recibe el impulso de los planetas y lo transmite a las criaturas vivientes.»
Patricio Guzmán – El botón de nácar
El maldito enero de 1937 trajo una lluvia fina que se pegaba al alma, enfriando hasta los huesos los muros de piedra del Castillo de San Francisco. Allí llevaba diez días hacinado Juan Medina Verona, un pibe que nunca había pisado la cubierta de un barco. Su único contacto con el Atlántico era el recuerdo limpio de la infancia, cuando bajaba caminando con su abuela Dolores desde las cumbres de La Milagrosa hasta la arena de Las Canteras, mirando de lejos los barquillos pesqueros que faenaban cerca de La Barra. Jamás, ni en sus peores pesadillas de recluta —porque el golpe de Estado lo había cogido vistiendo el uniforme del servicio militar—, pudo imaginar el destino que le aguardaba en el abismo marino.
La madrugada se vistió de luto cuando las Brigadas del Amanecer irrumpieron en la celda. Lo sacaron a empujones junto a dos compañeros del barrio capitalino de San Juan, subiéndolos a golpes en un camión que enfiló con prisa hacia el Puerto de La Luz. Al llegar al muelle, la escena desnudaba la complicidad criminal de los poderosos: los metieron en una barca pequeña de transporte, propiedad de la compañía Miller, esos caciques ingleses que se enriquecían con el cultivo y la exportación de tomates a Inglaterra y que no dudaron en prestar sus flotas para el exterminio. En el suelo de la embarcación, amarrados de pies y manos a la espalda, ya agonizaba un grupo de no más de veinte hombres torturados. Entre la penumbra y los cañones de los máuser con los que apuntaban los falangistas, Juan reconoció caras familiares, rostros curtidos de los compañeros del sindicato. Nadie hablaba. Las cabezas permanecían gachas mientras el ruido ensordecedor del motor lo inundaba todo —traca traca traca traca traca— y el olor asfixiante a combustible de la chimenea se metía en los pulmones, anticipando la muerte.
La barca soltó amarras rumbo al norte, bordeando la silueta oscura de La Isleta contra el oleaje. Tras hora y media de travesía agónica, el motor se detuvo en mitad de la nada, más o menos a la altura de las costas de Gáldar. Fue entonces cuando los verdugos fascistas iniciaron su danza macabra, un ritual de horror que ejecutaban con la frialdad de quien lleva siglos haciéndolo. Prepararon las potalas. Uno a uno, con saña infinita, les amarraron las pesadas piedras de cantería al cuello y los embutieron a la fuerza en talegos de empaquetar plátanos, convirtiéndolos en mortajas de arpillera. Sin un ápice de humanidad, los esbirros de camisa azul fueron arrojando los sacos al vacío, quebrando la superficie del agua. El Atlántico se abrió para tragarse la dignidad de Juan y de los jornaleros organizados, sepultando sus cuerpos en una fosa azul e invisible que el silencio de la dictadura pretendió borrar para siempre.
El mar del norte se tragó el último suspiro de Juan, pero el eco de las piedras golpeando el agua viajó barranco arriba, empujado por el viento de la madrugada, hasta detenerse en el portón de una humilde casa en La Milagrosa. Allí, Dolores se despertó sobresaltada, con el pecho apretado por un frío que no tenía que ver con la lluvia de enero. Llevaba días con el alma en vilo, rezando a unos santos que parecían haber huido de la isla, esperando noticias del nieto al que habían encerrado en el Castillo de San Francisco por el único pecado de vestir un uniforme ajeno cuando estalló la locura.
Los días se hicieron meses y la verdad no llegó en un documento oficial, sino en los susurros clandestinos de las vecinas, el testimonio de un amigo de la familia, maquinista de Guanarteme, en esas palabras que se decían mirando a los lados en las esquinas de los caminos. Cuando a Dolores le llegó el soplo de que a su niño lo habían sacado en un camión hacia el muelle de La Luz, algo se le rompió dentro para siempre. Ella, que tantas veces lo había llevado de la mano a Las Canteras a bañarse, jugar en la arena y mirar los barquillos, ya no no quiso volver al mar, ni siquiera mirar el horizonte desde los riscos de El Acebuchal sin sentir que las entrañas se le revolvían por dentro.
Más historias
Las tejedoras de Tenoya
El silencio de las amapolas
La leche de Julia