Dibujo de Castelao ¡Cobardes! ¡Asesinos! (Álbum “Galicia mártir”)
“Las madres fuimos paridas por nuestros hijos”.
Hebe de Bonafini
El mismo sábado del golpe de estado del 36 a las tres de la tarde un grupo de mujeres de la UHP salieron a la Carretera General de Tamaraceite con banderas rojas y republicanas desde la sede del Frente Popular. Sarito, Fefina, Rosa, Manuela, Carmela y Adita eran las más jóvenes, ninguna imaginaba la magnitud de lo que estaba sucediendo. En las primeras horas circulaban todo tipo de bulos y rumores que confundían a la población difundiendo que era una huelga general:
—Eso no puede ser porque nos hubiéramos enterado hace meses y los que se están movilizando son los enemigos de la democracia; patronos, curas y fascistas- reflexionaba en voz alta Rosario García en el pequeño local de la Federación Obrera en La Montañeta durante una reunión improvisada entre el desconcierto.
Abajo en la calle principal se escucharon los primeros disparos y los camiones de los falangistas que subían desde El Puente cerca de la Ermita y La Mayordomía dando vivas a Franco y a la Santa Cruzada.
La gente corría aterrada al ver varios cuerpos acribillados en el suelo a la altura de la plaza de la iglesia y solo el grupo de mujeres se mantuvo protegiendo la entrada de la casa consistorial. En unos segundos les cayeron encima con porras de madera los hombres de azul, apaleándolas salvajemente a las puertas del Ayuntamiento de San Lorenzo que ya estaba vacío al haber escapado hacia las plataneras de los Betancores el alcalde, funcionarios y parte de la corporación municipal para salvar la vida al no tener armas con las que defenderse.
A las muchachas las arrastraron entre golpes y vejaciones, medio desnudas, al interior del recinto municipal, donde se desarrollaban los plenos municipales, llevándolas al cuartelillo del sótano para violarlas y torturarlas.
El guardia Pernía entró con unas cajas de madera con botellas de aceite de ricino. Luego cerraron a cal y canto con el exterior custodiado por ultraderechistas armados. Solo se escuchaban gritos, alaridos estremecedores, entre las risotadas de los fascistas embriagados de ron del charco.
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