3 diciembre 2020

Unidos en la sangre

Diego y Lola, durante el rodaje del documental "La memoria interior, los fusilados de San Lorenzo", de Carlos Reyes Lima

Yo veía a tu padre tan triste de niño y yo sabía por lo que era, mi padre también estaba en el campo de concentración, cuando íbamos a verlo tu abuela nos decía que estaban en el circo por las alambradas, luego supe que habían fusilado a Pancho, vi a tu padre en la escuela llorando en un rincón y no pude consolarlo.

Lola Tejera

«(…) Bajábamos dos veces en semana desde Tamaraceite, caminando hasta el campo de concentración de La Isleta a ver a tu abuelo, aquello era una cosa terrible, lo veíamos detrás de dos alambradas y en medio había militares y falangistas armados que escuchaban toda la conversación, casi no podíamos entender lo que decían por los gritos de familiares y aquellos pobres encarcelados, los detenidos estaban muy sucios, llenos de piojos y chinches, yo tenía once años y se me quedó todo aquello grabado en la cabeza, fueron de los días más duros porque hacía poco habían asesinado a mi hermano Braulio en su cuna. Me acuerdo como los falanges se metían con mi madre desde que empezábamos a subir la calle Faro. -Roja jedionda- le decían y otros la invitaban a tener sexo. -Ven a probar una polla de verdad roja de mierda- Varias veces nos rodearon y le hicieron tocamientos. Era tan humillante que yo me preguntaba si merecía la pena seguir visitando a mi padre, pero era lo único que nos quedaba, tu abuela estaba como loca desde la noche del crimen del niño, no dejaba nunca de llorar y siempre iba vestida de negro. Encima teníamos que aguantar los insultos de aquellos criminales vestidos de azul, me hubiera gustado tener una pistola pa defendernos, al menos morir luchando ante tantos abusos. El día que más me impactó fue cuando vimos bajando el camión cargado de hombres recién fusilados dejando atrás un reguero de sangre, iba camino de las fosas comunes del cementerio de Vegueta, se oían los tiros desde que llegábamos al barrio de Guanarteme, era el paredón del campo de tiro donde fusilaban a cientos de hombres mañana y tarde. Ese día casi no llegamos arriba, nos quedamos sentados en un muro pensando que igual tu abuelo iba en ese camión, que era uno de los fusilados. La gente nos miraba, pero nadie venía a hablar con nosotros, todo el mundo tenía miedo, eramos apestados por ser familiares de los que estaban encerrados, ese día tu abuelo estaba más triste que nunca, casi no nos sonreía, ni nos hacía bromas, se nos quedaba mirando con los ojos muy tristes desde el otro lado, tenía una herida en la cabeza con una cicatriz abierta, al día siguiente supimos que lo habían condenado a muerte…»

Testimonio de mi padre Diego González García, entrevista realizada el 12 de enero de 2004 en su casa de Tamaraceite.

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