30 de julio de 2026

Victoria de la dignidad

Familiares de fusilados durante el inicio de la excavación de la fosa 82 en abril de 2017 en el cementerio de Paterna

«No hay dolor más grande que el dolor de la incertidumbre, el de no saber dónde rezar, dónde dejar una flor, dónde despedir a los que amamos.»

Sofía Segovia

El reciente acuerdo con el Ministerio de Memoria Democrática, liderado por el canario Ángel Víctor Torres Pérez, para la intervención inmediata en la fosa común del cementerio de Vegueta, constituye un acontecimiento verdaderamente histórico para las familias de los represaliados. Después de décadas de un silencio impuesto y de un olvido institucional que pesaba como una losa, aplaudimos la sensibilidad del ministro y de su equipo en estos momentos turbios de golpismo soterrado y de presiones de la ultraderecha española PP-Vox. Han agilizado un proceso que ciertos políticos isleños mantuvieron vergonzosamente bloqueado durante años, con el único fin de prolongar la impunidad de los genocidas y salvaguardar a sus herederos actuales.

Este acuerdo es un acto de justicia frente a una de las páginas más oscuras y silenciadas de nuestro pasado. En las islas Canarias no hubo frente de guerra, ni trincheras, ni batallas; lo que se vivió a partir de julio de 1936 fue un genocidio fascista sistemático y planificado contra la población civil indefensa.

La represión franquista golpeó con una crueldad feroz, dejando un trágico saldo de miles de personas asesinadas y hechas desaparecer mediante una siniestra e implacable geografía del exterminio. Hombres y mujeres fueron ejecutados sumariamente ante los fríos paredones de barrancos y campos de tiro, arrojados a las profundidades de simas y agujeros volcánicos naturales, sepultados en la oscuridad de los pozos de agua o directamente condenados a desaparecer en la inmensidad del abismo marino, convertidos los fondos de nuestras costas en cementerios clandestinos y mudos.

Aquella carnicería sembró un terror paralizante y dio origen a un drama familiar de dimensiones desgarradoras y sin precedentes en la historia de esta tierra. Familias enteras quedaron destrozadas, hundidas en la miseria absoluta, señaladas por el estigma y condenadas a sufrir la tortura psicológica de no saber dónde estaban los cuerpos de sus seres queridos.

Para cada familia la victoria de este acuerdo llega arrastrando un coste personal devastador. Mantener viva la llama de la memoria ha significado sufrir, durante décadas, todo tipo de sinsabores, abusos de poder e incluso persecución directa, que llegó a golpear con saña mi propio puesto de trabajo. Esta implacable hostilidad ha terminado por quebrantar seriamente mi salud.

Es una crueldad infinita ver cómo la burocracia ha pretendido ganar tiempo consumiendo nuestras vidas, mientras mis abuelos, mis padres y mis tíos morían sin ver un ápice de justicia. Se marcharon sin respuestas sobre mi abuelo Pancho, fusilado el 29 de marzo de 1937, y sobre mi tío, el bebé de cuatro meses Braulio González García, salvajemente asesinado por una brigada del amanecer falangista en Tamaraceite la noche de Navidad de 1936.

Afortunadamente, el escenario actual invita a la esperanza y a la acción coordinada para hacer justicia a este centenar de mártires de la democracia. Contamos y manejamos ya datos muy positivos sobre la posible implicación en la excavación tanto del Gobierno de Canarias como del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Esta viabilidad técnica y política debe abrir la puerta a que todas las administraciones arrimen el hombro de forma definitiva y conjunta con el Gobierno central, convirtiendo los compromisos en realidades sobre el terreno.

Por todo ello, esta excavación es una carrera agónica contra el reloj biológico. Quienes estamos ya tocados por el desgaste físico y psicológico de una persecución injusta solo albergamos un último deseo vital: esperamos llegar a tiempo. Reclamamos ver, antes de morir, cómo sacan de esa fosa común los restos de nuestra gente y ejercer el derecho humano más elemental: poner sus nombres sobre una tumba digna.

No permitiremos que los herederos del olvido nos venzan por agotamiento. La justicia que llega tarde ya no es justicia plena, tampoco es democracia, pero hoy estamos un paso más cerca de rescatar la decencia.

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