«Quien sabe de dolor, todo lo sabe».
Dante Alighieri – La Divina Comedia
Atravesar media península y ese pedazo inmenso de océano que me separa con mucho dolor de Gran Canaria no es solo un viaje geográfico; es un periplo en el tiempo. Me tocó hacerlo hace poco para dejar mi testimonio en el documental Canarias: 50 años tras la oscuridad, de María Sosa. En los minutos de silencio que te dejan los rodajes, mirando la costa africana, sus amaneceres, me dio por pensar en lo absurdo que es todo esto. En cómo es posible que llevemos más de treinta años peleando por algo tan elemental, tan humano, como sacar a un centenar de personas de los agujeros donde los tiró el fascismo.
Hablamos de restos humanos tratados como residuos de la historia de nuestra isla. Gente nuestra.
Llegar hasta este punto nos ha costado la vida entera; ha sido un camino largo y silencioso, lleno de sacrificios personales, noches de desvelo y un desgaste que solo quienes lo vivimos desde dentro podemos llegar a comprender. Nadie nos ha regalado nada, pero tampoco buscamos el reproche; cada paso dado ha sido por puro amor a los nuestros. Por eso mismo, hoy más que nunca, es una necesidad imperiosa que se respete nuestra lucha desde el reconocimiento y la empatía. Pedimos generosidad y altura de miras a todos los implicados: este esfuerzo de décadas no pertenece a ninguna sigla ni a ningún interés particular, pertenece a la memoria colectiva y al dolor de las familias. Es momento de sumar, de estar a la altura de las circunstancias y de honrar este legado con el silencio, el respeto y la dignidad que un momento tan trascendental merece.
Lo que más desgasta no es la fosa; es el camino hasta ella. Es insoportable el peso de los obstáculos institucionales para tramitar lo que debería ser un acto de pura decencia. El cuerpo se te agota y el ánimo se te quiebra al ver cuánta hipocresía política se necesita sortear para que una familia pueda enterrar a los suyos en paz. Y por si fuera poco el muro de la administración, está el dolor que viene de dentro. Da mucha rabia y mucha pena ver cómo en todos estos años se nos ha colado gente en la Agrupación de Familiares solo por afán de protagonismo, intentando manipular y adueñarse de un sufrimiento que es ancestral, que no les pertenece. Es una maldad pequeña, pero que genera mucha tristeza.
Sin embargo, aquí seguimos en pie. No nos hemos movido. Hemos aprendido a golpes cuándo hay que salir a la calle a gritar y cuándo toca sentarse a esperar, respirar hondo y dejar que los papeles sigan su curso. Porque esa es la realidad ahora mismo: la batalla burocrática está ganada. Todo está conseguido, solo falta que los lentos plazos administrativos terminen de avanzar en estos meses que vienen. La exhumación es inminente.
Los medios de comunicación ya tienen todos los datos, pero ahora lo que esperan, lo que será noticia, lo que esperamos todos es la imagen real. Queremos ver a los arqueólogos, a los familiares y a los voluntarios con los sachos y los picos en la mano, abriendo la tierra al lado de las miniexcavadoras. Queremos ver cómo recuperamos esos huesos y esos cráneos que aún conservan la marca del tiro en la nuca.
Ha hecho falta casi un siglo, pero esta guerra contra el olvido ya la hemos ganado. Solo queda desenterrar la victoria.
Es imposible no sentir una rabia profunda al mirar atrás y recordar a los que se han quedado en el camino sin ver este día. Pienso en mis padres, Diego y Lola. Se pasaron la vida entera esperando, respirando un dolor sordo, con el único deseo de poder cerrar esa herida antes de marcharse. Y se me rompe el alma al saber que se han ido sin poder celebrar este sueño de vida hecho realidad, que murieron sin esa paz que tanto merecían. Todo porque una sarta de personajes siniestros y malas personas —con nombres y apellidos que la historia no perdonará— se dedicaron a ponernos todo tipo de trabas, a estirar los plazos con crueldad, utilizando con fines electorales este sufrimiento atávico, a pisotear nuestra dignidad por puros intereses políticos o bajezas personales. Nos robaron el tiempo, les robaron a Diego y a Lola, a muchos más que han fallecido, la oportunidad de abrazar los restos de los suyos, y ese tiempo ya no nos lo va a devolver nadie. Pero aunque ellos ya no estén para verlo, abriremos esa tierra por ellos, con su memoria guiando cada milímetro de tierra excavada en un acto de amor indefinible.
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