«Escribir es un acto de fe en la permanencia de la luz a través de la palabra.»
María Zambrano
El poema de Elena Huegel que abre una de mis crónicas recientes advierte que, cuando cortas un árbol, tu vida se hace más corta. Esa no es una simple metáfora ambiental, sino una profecía fúnebre que resume dos décadas de resistencia literaria y civil, porque el tiempo, cuando se mide en palabras, desvelos y testimonios rescatados de la impunidad, adquiere una dimensión sagrada que transforma la propia existencia del escritor. Al contemplar hoy la arquitectura de este blog y conmemorar sus veinte años de andadura, entiendo que celebrar estas dos décadas de historia no es un hito tecnológico ni estadístico, sino una victoria rotunda de la voluntad humana contra el silencio institucional que intentó sepultarnos bajo una losa de olvido pactado. Viajando entre la tormenta nació para ser un altavoz libre, una trinchera digital innegociable y una prolongación natural de una búsqueda íntima que comenzó mucho antes, entre los silencios forzados de mi infancia en Tamaraceite, dentro de la isla de Gran Canaria. Escribir esta memoria colectiva en primera persona se ha convertido en el eje central de mi vida, una bitácora que ha supuesto mi salvación y mi condena, pero, por encima de todo, un acto de rendición de cuentas ante las cientos de almas que han confiado en mi pluma para arrebatar sus nombres al olvido sistémico y devolverles la soberanía de sus relatos desgarrados.
La Memoria Histórica se transformó para mí en una urgencia vital, casi biológica, alimentada por la feroz persecución familiar sufrida bajo la represión franquista en el archipiélago, incluyendo el fusilamiento de mi abuelo paterno, Francisco González Santana, la condena a muerte de mi abuelo materno, Juan Tejera Pérez, y el asesinato de mi tío Braulio siendo apenas un bebé de meses. Todo este dolor heredado impulsó un espacio digital que evolucionó desde las notas manuscritas en cuadernos desgastados y las viejas cintas de cassette grabadas en los hogares de tanta buena gente que ya no está, hasta convertirse en un torrente de crónicas poéticas que terminaron dando vida a mi obra impresa. Mirar atrás después de veinte años de camino me permite contemplar cómo este blog ha sido la semilla de mis seis libros publicados hasta la fecha —encabezados por la trilogía sobre el genocidio fascista en Canarias con Tormenta en la memoria, Semilla de memoria y El viento más rebelde, seguidos por Fragmentos de rebelión, Señales del alba y la reciente crudeza de Los barrancos del silencio editada en 2025—, un corpus literario que ya se prepara para expandirse el próximo mes de noviembre con la llegada de mi séptimo libro.
Habitar esta tormenta durante veinte años ha implicado también arrastrar el cuerpo y el alma por los senderos más oscuros del dolor y el sufrimiento personal, una travesía íntima donde la literatura ha sido el único refugio capaz de contener el desgarro. Estas dos décadas han estado marcadas por golpes devastadores, como la pérdida y la muerte de mis padres, quienes se marcharon llevando consigo el peso de los silencios de la dictadura, y por un duro proceso de autoexilio que me arrancó de mi entorno físico pero jamás de mis raíces ni de mis convicciones. El blog ha sido el testigo mudo de mis propias noches de insomnio, del llanto contenido ante la pantalla y de un sufrimiento que no se puede explicar con datos objetivos; una catarsis donde cada palabra redactada funcionaba como un intento desesperado de transmutar la herida personal en una herramienta de combate colectivo para que la pena no terminara por asfixiarme.
A la par de este viaje por la memoria herida, cada palabra se consolidó en un espacio de agitación y pensamiento crítico permanente a través de mis artículos de opinión y programas en Radio Guiniguada sobre cuestiones de actualidad política, social e internacional. Estos textos, escritos sin mordazas y con el pulso de quien ve el presente como una extensión de las batallas del pasado, han roto las fronteras del espacio digital para ser publicados y replicados en decenas de medios de comunicación, periódicos y portales de contrainformación de todo el Estado español y América Latina. Desde esta tribuna mediática, la denuncia de la corrupción, el auge del neofascismo y las crisis humanitarias de nuestro tiempo se han entrelazado con mi labor investigadora, demostrando que la opinión de un escritor comprometido debe ser siempre un martillo que golpee la conciencia del poder.
Saber que mi ópera prima fue incorporada formalmente como pieza de prueba jurídica en la Querella Argentina contra los crímenes del franquismo demuestra que la escritura nacida en este rincón digital combate la impunidad real, y ese mismo compromiso me empuja hoy a expandir la mirada hacia las injusticias del tiempo presente. Por ello, el blog se ha convertido también en una ventana internacional desde la que denuncio el despojo ecológico y la destrucción de esa cultura ancestral que padecen las comunidades indígenas en América Latina, como el pueblo wichí en el Chaco salteño, entrelazando el ecocidio contemporáneo y la explotación colonial con las mismas luchas que libraron mis ancestros. Al final, tras veinte años habitando la intemperie, entiendo que defender a los desterrados del mundo es un único y continuo acto de rebeldía civil, una hoguera permanente donde las amapolas de la memoria siguen brotando con fuerza indomable entre las líneas de este proyecto para recordarnos que el futuro pertenece, de forma irrevocable, a la dignidad de los pueblos que se niegan a olvidar.
Cuando el hilo de mi propia voz se apague definitivamente y mis manos cansadas de golpear el teclado se mezclen convertidas en ceniza con la niebla de Tamadaba, sé que este espacio literario permanecerá flotando en la inmensidad de la red como una herencia viva y descarnada repleta de esperanza. Confío en que, cuando yo ya no esté, estas páginas sigan funcionando como un testamento rebelde para quienes busquen refugio en mitad del invierno, un mapa de cicatrices compartidas donde el dolor se hizo trinchera y la palabra se negó a arrodillarse ante el olvido. Que este rincón digital quede como un faro encendido para las estirpes del mañana, una semilla de indignación poética que inspire a los que se queden a seguir combatiendo en el barro, empujando la historia, palmo a palmo, hacia ese mundo mejor con el que mis abuelos soñaron antes de que les robaran la vida.
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