18 de septiembre de 2026

Factoría del exterminio

«Allí no hubo una guerra… así comenzó una matanza vil y unilateral.»

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

Estaba anocheciendo cuando las puertas de la conservera Lloret se cerraron, no para dar tregua a la jornada, sino para señalar a los marcados. En el barrio de Guanarteme, el olor a salitre y a pescado de las fábricas llevaba meses mezclándose con un miedo espeso que se metía en las casas por debajo de las puertas. Aquel verano de 1936, tener un carné del sindicato, haber leído a los anarquistas o haber defendido el jornal con los comunistas se convirtió en una condena de muerte escrita en los despachos de los patronos.

Los camiones llegaban sin luces. La patronal de los Betancores y los herederos del conde no solo habían entregado las listas de nombres; también habían puesto a disposición del terror sus propios vehículos de carga, los mismos que de día transportaban la mercancía. Esas noches de horror cargaban hombres.

El destino no estaba lejos, pero parecía otro mundo. La casa de Antonio Santana Fiol, el cura de Guanarteme y camisa vieja de Falange pistola al cinto, se transformó en el primer círculo del infierno. En las habitaciones contiguas a la iglesia, donde debiera haber silencio y oración, se instaló el eco de los golpes y los gritos. Los colgaron del techo como reses en un matadero, pero aquellos cuerpos aún respiraban, sentían y sangraban. Con el filo frío de las navajillas de afeitar les abrieron la carne palmo a palmo, un ensañamiento atroz que buscaba arrancar nombres, romper el orgullo de la militancia y, sobre todo, sembrar un pánico que durara generaciones.

Los que no morían desangrados en las vigas del techo eran bajados a rastras, rotos por dentro, apenas sombras de los hombres que habían sido. En la madrugada, los mismos camiones patronales arrancaban de nuevo con la caja trasera tapada por lonas.

El viaje terminaba casi siempre entre las dunas gigantes y los arenales baldíos de la zona, los mismos terrenos donde años después los niños jugarían al fútbol y se levantaría el Estadio Insular. Allí, la arena seca se convirtió en una fosa inmensa. A los que sobrevivían a las torturas los obligaban a arrodillarse frente a los agujeros cavados a prisa. El tiro en la nuca terminaba con el ruido, y la arena de Madera y Corcho se tragaba los cuerpos, los nombres y, durante más de cincuenta años, la verdad de un vecindario entero.

La maquinaria del terror en La Barriada no habría funcionado con tanta precisión sin la complicidad de los despachos. Los dueños de la factoría, sentados tras sus escritorios de madera noble, cambiaron la contabilidad de la producción por la contabilidad de la sangre. No se limitaron a mirar hacia otro lado; colaboraron activamente con los camisas azules de Falange para limpiar la fábrica de cualquier rastro de resistencia obrera. Confeccionaron listas negras con nombres y apellidos, señalando con el dedo a los delegados sindicales, a los huelguistas más firmes y a los jóvenes militantes que daban discursos en las asambleas. Para la patronal, el golpe militar de 1936 fue la oportunidad perfecta para acabar de raíz con las exigencias de dignidad laboral y los derechos conquistados. Al entregar a sus propios trabajadores a los verdugos, convirtieron sus empresas en cómplices de un exterminio planificado, donde el beneficio económico se selló con la muerte de una parte de quienes levantaban la fábrica cada día con sus manos.

Al día siguiente de cada matanza un silencio de plomo se asentaba sobre Guanarteme. Las chimeneas de las factorías volvían a escupir humo y las latas seguían llenándose de pescado, pero el barrio entero caminaba con la cabeza baja y los ojos clavados en el suelo. Nadie preguntaba por los asientos vacíos en la cadena de montaje, ni por el vecino que ya no cruzaba el umbral de su casa; la consigna invisible era no saber, no ver, no haber escuchado los camiones en mitad de la noche. Las madres lavaban la ropa en silencio y los hombres apuraban el vaso en los bares y las tiendas de aceite y vinagre sin cruzar una sola palabra que pudiera malinterpretarse, sabiendo que las paredes tenían oídos y que el cura o el capataz seguían apuntando nombres. Aquel miedo sepulcral, masticado en cada esquina bajo la mirada cómplice de los fusiles, obligó a las familias a enterrar el duelo en lo más profundo de sus hogares, convirtiendo la ausencia de los suyos en un secreto familiar que se arrastraría durante décadas como una sombra pesada e invisible sobre los mismos arenales.

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