21 de septiembre de 2026

La ternura interior

«La sumisión se aprende. El maltrato repetido en la infancia, disfrazado de disciplina, prepara a los ciudadanos para aceptar de rodillas la tiranía en la edad adulta.»

Alice Miller

En mi hogar de infancia y juventud, el calendario civil y festivo carecía de vigencia. Los cumpleaños pasaban de largo, y fechas de fuerte arraigo social como la Navidad o el fin de año quedaban suspendidas en una inercia con desatención generalizada. No existía un boicot ideológico explícito, sino una suerte de amnesia funcional colectiva. Únicamente la festividad de Reyes movilizaba un esfuerzo material significativo por parte de mis padres para asegurar que, como hijo único, recibiera regalos. Sin embargo, la anomalía más profunda no residía en la ausencia de celebraciones, sino en la severa restricción de la kinésica familiar: la afectividad física estaba completamente omitida. No había apenas abrazos ni besos. El amor operaba en una dimensión puramente latente, confinado a una clandestinidad interior que blindaba el espacio doméstico ante cualquier manifestación explícita de vulnerabilidad.

La comprensión del fenómeno requirió una desnaturalización tardía de ese búnker emocional a través del análisis del contexto histórico. La aparente frialdad del núcleo familiar no respondía a un rasgo de carácter, sino a las secuelas del terror de Estado inoculado por el fascismo. La historia de nuestro árbol genealógico sintetiza la brutalidad de la represión franquista en su vertiente más descarnada: fusilamientos, condenas de prisión prolongadas y el infanticidio de un bebé de nuestra propia sangre a manos de un falangista. Cuando la violencia política penetra de forma tan salvaje en una estructura de parentesco, destruye en muchos casos los códigos de socialización primaria. Los supervivientes, tanto en la generación de mis abuelos como en la de mis padres, internalizaron el principio de que la exposición pública de los sentimientos comportaba un riesgo vital directo.

Desde una perspectiva sociológica, la dictadura franquista no limitó su acción a la eliminación física o al control económico del disidente; articuló un dispositivo de demolición psicológica programada para fracturar los lazos comunitarios y familiares. A través de la delación institucionalizada, el estigma social y el miedo al entorno vecinal, el régimen indujo un estado de alerta permanente que forzó a las familias represaliadas a adoptar la desconexión emocional como estrategia defensiva de supervivencia. El trauma no procesado se convirtió en una coraza psíquica protectora. Para amortiguar el impacto del duelo incesante por los fusilados y el presidio, los cuerpos se anestesiaron. El coste de esa defensa biológica fue la congelación del afecto intra-familiar. El mandato invisible transmitido a las siguientes generaciones fue el de la invisibilidad y el repliegue absoluto: pasar desapercibidos y silenciar la ternura.

Este ecosistema de violencia estructural e indefensión comunitaria tuvo su correlato institucional en el ámbito escolar de la época, diseñado como correa de transmisión del orden nacionalcatolicista. En el colegio Santa Rosa de Lima, en Las Palmas, sufrí agresiones físicas sistemáticas por parte de profesores y sobre todo de su director, don Manuel, una dinámica coercitiva ordinaria que se prolongó hasta casi sexto de EGB. La sumisión infantil frente al abuso estatal tiene un límite físico e instintivo. Un día, ante un nuevo intento de agresión, fracturé el marco de dominación asumiendo una postura de autodefensa activa: me planté frente a él, agarré una silla y lo amenacé con pegársela en la cabeza. La respuesta del agresor fue el repliegue inmediato; el sadismo institucional se disolvió en cuanto el ejecutor del castigo experimentó el vector del miedo.

El análisis de estos trayectos vitales demuestra que los crímenes de una dictadura operan mediante una onda de choque transgeneracional que se extiende durante décadas, mucho más allá del cese biológico de sus perpetradores. Las secuelas de la violencia política se miden también en la desarticulación de la cotidianidad: en los cumpleaños omitidos, los abrazos inhibidos y la parálisis física ante el afecto verbal dentro del hogar. El franquismo perpetró un expolio del capital emocional de las familias represaliadas. Nombrar y analizar este déficit estructural no reduce el daño histórico, pero restituye la dignidad de la memoria familiar: en aquella casa repleta de flores y árboles de Tamaraceite en Las Palmas el afecto nunca dejó de existir, simplemente carecía del espacio democrático y seguro necesario para ser expresado.

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