«Mi pecado es mirar. Y ver las cosas que la historia oficial borra: los ojos de los vivos que buscan a sus muertos y el rastro de los muertos que no descansan.»
Manuel Rivas
El viento de finales de octubre batía con fuerza los muros de la antigua casa de Candelarita “La chicharrera”. La vieja construcción del siglo XVII, levantada por aquella rama de los Melián de Agüimes que una vez soñó con expandirse hacia San José en los límites de Vegueta, era ahora un caserón en ruinas, maldito por las supersticiones locales. Nadie se atrevía a cruzar su umbral. El rumor popular hablaba de alaridos, llantos nocturnos de recién nacidos y un hedor a putrefacción que congelaba la sangre. Un escondite perfecto para quien no tuviera otra opción. Y Luis Mesa Esteve no la tenía.
Faltaban apenas unos días para la festividad de los Difuntos, y las calles de Las Palmas ya no olían a castañas asadas, sino al miedo paralizante de la brutal represión. Luis, un conocido practicante enfermero del hospital San Martín y militante sindical afiliado al Frente Popular, se había convertido en una pieza de caza mayor para las patrullas falangistas que practicaban las «sacas» nocturnas. Sus manos, habituadas a limpiar heridas, vendar fracturas y aliviar los dolores temblaban ahora por el frío y la fatiga en la penumbra del sótano.
Acurrucado entre las sombras de la piedra de cantería de Arucas el conocido comunista escuchaba el silbido del viento colándose por las rendijas. El hedor fétido que espantaba a los vecinos no era una invención; era el resultado de siglos de abandono, humedades estancadas y pozos ciegos corrompidos. Pero para un sanitario acostumbrado a la crudeza de la gangrena y la miseria, aquel olor a carne podrida era una bendición: era su escudo protector. Nadie buscaría a un «rojo» en el lugar donde el diablo parecía haber fijado su residencia.
Sin embargo, los alaridos nocturnos cobraron un nuevo sentido en su cabeza. No eran fantasmas del siglo XVII. Mientras aguardaba en la oscuridad la señal de algún compañero del sindicato que lo ayudara a huir en un barco pesquero, Luis comprendió que el verdadero terror no habitaba en las leyendas de la ciudad antigua, sino en las camionetas que recorrían la cercana carretera del sur hacia La Marfea. Esos gritos desgarradores, esos lamentos que los vecinos confundían con almas en pena, eran los ecos reales de las torturas y asesinatos clandestinos en los barrancos cercanos. Con los Difuntos a la vuelta de la esquina, la muerte ya no era una superstición en la isla; era una realidad que patrullaba las calles con fusil al hombro, obligando a un sanador a enterrarse en vida entre los muertos para poder sobrevivir.
El crujido de unos neumáticos sobre el asfalto mojado rompió el silencio de la madrugada. Luis Mesa contuvo el aliento. A través de una de las aspilleras de la vieja casona vio los faros de una camioneta con el símbolo de Falange apagarse a pocos metros de la entrada, en el límite difuso entre las plataneras y el cementerio de Las Palmas.
Cuatro hombres bajaron de la caja del vehículo. Las linternas de los falangistas cortaban la bruma de aquella noche terrorífica, y el brillo de los fusiles Mauser confirmó sus peores temores. Una patrulla de registro venía a por él.
—Es aquí. El soplo decía que el practicante del Frente Popular se esconde por esta zona —dijo una voz ruda, rompiendo la calma de la noche.
—¿Aquí? Pero si esta es la casa de las almas en pena —replicó uno de los guardias civiles que acompañaban a los falangistas, deteniéndose en seco frente a la verja oxidada—. Joder, sargento, los viejos dicen que de aquí no se sale si se entra de noche. Huele a demonios.
El hedor a carne putrefacta y mierda, avivado por la humedad del litoral, golpeó las fosas nasales de los fascistas. El suboficial escupió al suelo, intentando disimular el nerviosismo que contagiaba a su tropa.
—¡Déjate de supersticiones de viejas! Ese rojo es un sanitario, no un fantasma. ¡Entren!
Luis sabía que no tenía escapatoria física; las salidas traseras estaban tapiadas por el derrumbe del muro del viejo patio. Su única arma era el instrumental médico que llevaba en el macuto y la ventaja psicológica que le brindaba el propio mito del edificio. Tenía que convertirse en el monstruo que ellos esperaban encontrar.
Con movimientos rápidos y silenciosos, se deslizó hacia la cocina abandonada, donde una tubería de plomo rota conectaba directamente con el hueco de la chimenea principal, un canal de resonancia perfecto que distribuía el eco por toda la estructura. Sacó de su bolsa un frasco de éter y un tubo de goma flexible.
El portón principal cedió con un crujido atronador. Las botas de los pistoleros resonaban sobre las baldosas gastadas del siglo XVII. Las linternas iluminaban las telarañas y las paredes desconchadas.
—¡Mesa Esteve! ¡Salga con las manos en alto! —gritó el sargento, aunque su voz sonó extrañamente hueca, carente de la autoridad que pretendía.
Luis pegó los labios al tubo conectado a la chimenea y vertió un chorro de éter sobre unos trapos viejos, prendiéndoles fuego con rapidez. El químico comenzó a arder de forma incompleta, generando un humo denso, blanco y con un olor químico punzante que, al mezclarse con la podredumbre de la casa, creó una atmósfera asfixiante y sobrenatural.
Entonces, Luis moduló su voz. Inspiró hondo y, utilizando sus conocimientos de anatomía sobre el control del diafragma, soltó un alarido desgarrador, un gemido agudo que imitaba el llanto agónico de un recién nacido, el cual se transformó gradualmente en un estertor cavernoso. El diseño arquitectónico de los Melián multiplicó el sonido, haciéndolo parecer que provenía simultáneamente del suelo y del techo.
—¡Madre de Dios! —exclamó uno de los falangistas de la entrada, oyéndose el golpe seco de su fusil al chocar contra la pared por el temblor de sus manos.
—¡Fuego! ¡Hay fuego blanco en la escalera! —gritó el más joven de la patrulla, al ver las densas volutas de humo de éter descender pesadamente por los peldaños, brillando bajo la luz de sus linternas como si tuvieran vida propia.
Luis no les dio tregua. Golpeó con ritmo frenético la tubería de plomo con un trozo de hierro, imitando el sonido de unas cadenas arrastrándose y unos pasos pesados sobre la madera podrida, mientras lanzaba un último gemido prolongado, un quejido de muerte que helaba la sangre.
Fue el detonante final. La mezcla del hedor insoportable, la niebla química y los gritos inhumanos que desafiaban toda lógica superó el adoctrinamiento militar de los asaltantes.
—¡A la mierda! ¡Aquí no hay ningún vivo! —bramó el soldado más rezagado, dándose la vuelta y corriendo hacia la salida.
—¡Alto! ¡Vuelvan aquí, cobardes! —intentó ordenar el sargento, pero el pánico generalizado era una fuerza imparable. Uno a uno, los falangistas y tricornios armados salieron estampados por el pasillo, tropezando entre ellos en el umbral de la puerta.
Segundos después, Luis escuchó el violento rugido del motor de la camioneta y el chirrido de las ruedas alejándose a toda velocidad hacia la Plaza de Santa Ana.
En la cocina, rodeado por el humo que comenzaba a disiparse, el enfermero sindicalista se dejó caer contra la pared de piedra con media sonrisa en su rostro. Estaba a salvo por unas horas, pero el calendario no perdonaba: la noche de los Finaos estaba a punto de comenzar.
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