1 de noviembre de 2026

Elogio de la cubierta

«La alta velocidad no nació para hacernos libres, sino para acelerar la circulación de mercancías y de cuerpos disponibles para el trabajo. El viaje lento hoy es una forma de desobediencia civil».

Silvia Federici

Todavía recuerdo el olor a salitre y gasoil del Puerto de La Luz, en Las Palmas GC, justo antes de que el ferri soltara amarras rumbo a Tenerife. Era un viaje de varias horas, un trayecto que hoy muchos considerarían una ineficiencia intolerable en la era de las conexiones inmediatas. Sin embargo, en aquella cubierta, el tiempo no se perdía; se ganaba. El reloj dejaba de ser una dictadura para convertirse en un compás lento, dictado por el vaivén del Atlántico y la posibilidad siempre latente de que un grupo de delfines o la silueta de una ballena rompieran la línea del horizonte. En ese espacio suspendido entre dos islas, el mundo recuperaba su escala humana. El viento en la cara obligaba a recuperar el arte casi extinto de observar la naturaleza, de contemplar el paisaje no como un decorado borroso, sino como el hogar que habitamos. Y, sobre todo, había una paz hoy inimaginable: no había móviles.

No llevar una pantalla en el bolsillo significaba que no había escapatoria del presente. Estar allí era, verdaderamente, estar presente. La mirada no se fragmentaba cada dos minutos con notificaciones ni urgencias artificiales; se entregaba por completo al azul del océano. Si el viaje duraba cuatro horas, eran cuatro horas de conversación cara a cara, de silencio compartido, de mirar las nubes o de aburrirse noblemente. Aquella desconexión forzosa nos obligaba a mirar hacia fuera y, en consecuencia, hacia dentro. El aburrimiento, ese estado fértil del que hoy huimos como si fuera una plaga, era el suelo limpio donde germinaban los pensamientos más profundos y la memoria se grababa a fuego, sin filtros ni cámaras de por medio.

Hoy, la furia del neoliberalismo ha decretado que la contemplación y el silencio son pecados económicos. Bajo su lógica voraz, todo espacio y todo minuto deben ser monetizados; lo que no produce, no consume o no genera datos en una red es catalogado como residuo. Esta ideología ha convertido la prisa en nuestra religión obligatoria y la hiperconectividad en nuestra condena invisible. Nos urge arañar segundos al segundero, optimizar los trayectos y automatizar la existencia, anestesiados por el goteo constante de estímulos digitales. Corremos tanto, y tan distraídos, que terminamos llegando a los destinos mucho antes que nuestra propia alma, extenuados y vacíos en una meta que, al alcanzarla, ya no significa nada porque ni siquiera recordamos el camino.

Esa misma obsesión por el paroxismo de la velocidad ha transformado nuestra forma de habitar el territorio. Hemos sustituido los viejos ferrocarriles de largo recorrido —aquellos trenes pausados donde el traqueteo invitaba a la lectura analógica, a la charla con extraños compartiendo un termo de café y a ver cómo la geografía cambiaba gradualmente a través del cristal— por la frialdad aséptica de los trenes de alta velocidad. El AVE, los Iryo, los Ouigo ya no son medios de transporte, son proyectiles diseñados para anular el trayecto. En ellos, el paisaje exterior se disuelve en una ráfaga borrosa e ilegible, mientras los pasajeros se hunden en el brillo hipnótico de sus pantallas individuales. Ya no viajamos a través del espacio; simplemente lo destruimos en nombre de la eficiencia.

¿Para qué tanta prisa? Nos han inoculado la falsa creencia de que devorar los kilómetros y las horas nos hace más libres, pero solo nos devuelve vidas fragmentadas y una ansiedad crónica. Al exterminar los tiempos muertos y colonizar nuestra atención con la tecnología, hemos destruido el laboratorio de la introspección y el simple goce de estar vivos.

Reivindicar la tranquilidad hoy en día es un acto de absoluta rebeldía política y existencial. No es un romanticismo ingenuo que niega el progreso, sino un grito de supervivencia: la decisión consciente de elegir qué herramientas nos sirven y cuáles nos esclavizan. Apagar el dispositivo, buscar el traqueteo del tren lento o elegir el ferri cuando el cuerpo pide tregua no es una huida al pasado, sino una reconquista del presente. Es defendernos de la culpa colonial que el sistema nos impone por ser «improductivos».

Miro con melancolía aquellos días en la cubierta, consciente de que nos robaron el silencio a cambio de una prisa que nadie ha pedido. Pero la nostalgia no debe ser un refugio pasivo, sino el motor de nuestra resistencia. La vida de verdad sigue ocurriendo en el intervalo, en la espera, con los ojos limpios y la mente libre mientras aguardamos a que aparezcan los delfines. El resto es solo el ruido de un motor acelerando hacia ninguna parte. Desconectemos el mundo para volver a conectar con la vida.

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