«Silvia, no llores. Que nadie vea lágrimas en tus ojos. Nos ha tocado vivir una época difícil y hay que ser fuertes.»
José Luis Sánchez-Bravo Sollas
Hay mañanas que quedan grabadas a fuego en la piel de la memoria revolucionaria, no por lo que comenzó en ellas, sino por la brutalidad con la que se intentó detener el tiempo. El 27 de septiembre de 1975 fue uno de esos amaneceres terribles. Entre las 8:30 y las 10:15, cuando el régimen de Franco daba sus últimos e histéricos coletazos, cinco jóvenes fueron puestos frente a pelotones de fusilamiento en Hoyo de Manzanares (Madrid), Barcelona y Burgos. Tenían toda la vida por delante, pero el dictador, enfermo y acorralado por la historia, decidió firmar sus muertes como un último mensaje de terror.
Xosé Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Juan Paredes Manot «Txiki» y Ángel Otaegui se convirtieron ese día en los últimos mártires de una larga noche de opresión.
Recordar hoy sus ejecuciones exige no olvidar cada detalle, esos que la historia oficial a veces prefiere maquillar con la fría burocracia de los archivos. Aquellos no fueron juicios; fueron consejos de guerra sumarísimos armados a toda prisa, teatros militares sin una sola garantía jurídica donde las confesiones se arrancaron bajo torturas en despachos oscuros y las sentencias venían dictadas de antemano por el Consejo de Ministros. El régimen tenía prisa. Tanto, que aplicó un decreto antiterrorista de forma retroactiva para fusilar sin necesidad de probar la autoría material de los hechos. Fue pura sed de escarmiento.
La crudeza de aquellas horas finales encoge el corazón de cualquiera que conserve un mínimo de humanidad. Horas antes de caminar hacia el paredón en Hoyo de Manzanares, Humberto Baena escribía a sus padres una carta de despedida que todavía eriza la piel al leerla: «Papá, mamá: me fusilarán mañana. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero pero que la vida sigue… Que nuestro ideal triunfará». Por su parte, «Txiki», con apenas 21 años, pasó sus últimos minutos en los alrededores del cementerio de Cerdanyola del Vallès cantando el Eusko Abendaren Ereserkia mientras amarraban sus manos, y dedicando unos versos manuscritos al Che Guevara en un trozo de papel de fumar.
Medio siglo después, comprobar que estas figuras siguen huérfanas del tributo institucional y unánime que merece cualquier combatiente contra el fascismo es una herida moral para esta mal llamada “democracia plena”. Limpiar sus nombres, anular de forma efectiva la validez de esos tribunales terroristas de estado y honrar su valentía no es reabrir pasados; es cerrar de una vez el montaje vergonzoso de la Transición por el lado de la dignidad. Aquellos cinco jóvenes no cayeron en un amanecer cualquiera. Fueron acribillados mirando de frente a los fusiles para que hoy podamos alzar la voz sin miedo, y el silencio de las instituciones ante su recuerdo es, de alguna manera, la última y más triste de las balas.
No hay olvido decretado que pueda con el hilo invisible que nos une a su memoria. Frente a la desmemoria oficial, se levanta el latido de un pueblo que se niega a olvidar: el de sus familias, el de sus compañeros y compañeras de trinchera que jamás soltaron sus banderas, y el de todas nosotras y nosotros, quienes llevamos en el pecho el orgullo herido de tener familiares asesinados por el franquismo. Somos una herencia compartida que sabe que la justicia no se entierra; somos los que seguimos buscando en las cunetas y los que rescatamos cada nombre del silencio. Nuestra memoria no es una mirada al pasado, sino un acto de resistencia colectiva que florece sobre las heridas. Es ahí, en la dignidad terca de quienes no claudican y en cada generación que recoge el testigo del recuerdo, donde aquellos cinco muchachos y todos nuestros muertos ganan la batalla final al tiempo y a sus verdugos, recordándonos que su entrega no fue en vano y que su luz sigue alumbrando los pasos de una lucha invencible y eterna.
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