20 octubre 2020

Apotalamiento

Imagen: Atila en Galicia - No fondo do mar - Castelao

«Domingo Araña, era el amo en apotalar, en un momento preparaba los sacos y las piedras, ya en la barquilla solo había que amarrarle los pezcuezos, romperle los dientes si se quejaban, hasta que se los tragaba la marea y ya no gritaban más.» Manuela Santiago Ramírez.

«(…) Desde el barco de pesca los vimos llegar, venían al golpito con el traca traca de la lancha, nos extrañó su lentitud y lo cargada que parecía, entonces se pararon y los distinguimos, nosotros estábamos pescando atún rojo cerca de Pasito Blanco, ellos se preparaban para apotalar a un grupo de hombres. Yo lo había oído decir que lo hacían, pero jamás imaginé verlo tan de cerca. Seguimos pescando como si no los viéramos, los falangistas nos miraban, uno muy alto con lentes dijo: -No se vayan, luego nos acercamos a por un par de atunes fresquitos- Tomás Peña, el patrón, lo saludó con la mano en señal de aprobación. Todos nos quedamos revueltos cuando vimos como iban amarrando piedras con sogas en los cuellos de los hombres, teniques grandes, de los que se cogen junto a los callaos, ya venían medio metidos en los sacos, amarrados y amordazados, no podían hablar, solo se escuchaba algún gemido de miedo y dolor. Los iban a tirar al mar, allí delante de nosotros, a menos de dos kilómetros de la costa, luego logré distinguir a varios de los encargados importantes del Conde, había más falangistas que reos, por eso los tenían reducidos, uno se encargaba de golpearles en la cabeza con una porra de madera si se movían o gemían. Nosotros eramos cuatro, yo le dije a Tomás que no podíamos permitir aquello: -¿Y qué hacemos? ¿Quieres que nos acribillen con esos fusiles? Son muchos más, a mi tampoco me gusta lo que estoy viendo, pero no podemos hacer nada más que seguir pescando- dijo Peña muy aturdido y casi llorando. Entonces vimos como los tiraban, eran unos diez muchachos, por sus ropas se veía que eran aparceros, jornaleros, alguno con chaqueta y corbata que podía ser un escribiente o funcionario, uno con uniforme de la Guardia Civil. Los arrojaban al mar entre dos, los agarraban por los muslos dentro del saco, primero tiraban la piedra, luego los cuerpos salían disparados hacia el mar. Lo que más me sorprendió era como lo hacían, su frialdad, incluso se burlaban de los que iban a morir ahogados en este profundo mar. Cuando no quedó ninguno apareció de la nada en la oscuridad una ballena gigantesca, parecía una jorobada, su canto enmudeció todo el océano, parecía llorar entristecida, los falanges la miraron, uno comenzó a dispararle con una pistola, el animal mágico se sumergió y no salió más a la superficie. Luego se acercaron a nuestra barquilla sonrientes, parecía que vinieran de una regata de vela latina, Tomás les preparó cinco atunes de los más grandes, ya sin las tripas, abiertos en canal. Los falanges se marcharon hacia la costa entre cánticos y bebiendo ron. Nunca imaginé a mi corta edad que pudieran existir seres humanos tan insensibles ante el sufrimiento humano. Lo que vimos esa noche nos marcó a los cuatro para siempre…»

Testimonio de Andrés Bello Del Toro, pescador en el sur de Gran Canaria entre los años 1923-1968.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 9 de enero de 1995, en el Castillo del Romeral (San Bartolomé de Tirajana).

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