1 de septiembre de 2026

Cucaña del amor perdido

Tomateras y cucañas en la carretera entre Telde e Ingenio. / FEDAC

«La conciencia neblinada es aquella que se encuentra imposibilitada para percibir las verdaderas causas de su opresión, asumiendo la realidad colonial como algo natural.»

Manuel Alemán Álamo – Psicología del hombre canario (1980)

A Santiago Martínez Cabrera, no le perdonaban su lucha constante por los derechos sociales. En el sur de Gran Canaria, su nombre era sinónimo de la Federación Obrera; era el hombre que ponía voz y rostro a las demandas de los aparceros que se dejaban la piel en las enormes extensiones de las tierras del Condado. Por eso, el domingo 19 de julio de 1636, la maquinaria de la venganza se puso en marcha con precisión milimétrica.

En la penumbra de su despacho, el conde dictó la sentencia definitiva ante los jefes de Falange de Telde y Agüimes. No buscaba un castigo ordinario; buscaba el escarmiento absoluto.—Hay que hacerle pagar todo lo que ha hecho —ordenó el aristócrata, con una frialdad que congelaba el aire—. Quiero que lo detengan cuanto antes. Pero antes de «darle café», que vea sufrir a su familia delante de él. Ya saben en qué cuartería vive, y que tiene mujer y tres hijas pequeñas.

Esa misma noche, el rugido de un motor rompió el silencio del sur. Un camión pesado avanzaba por los caminos polvorientos hacia el Castillo del Romeral. Su caja trasera ya iba abarrotada de siluetas humanas: hombres y mujeres maniatados, recogidos en una macabra ruta de limpieza que había comenzado en la ciudad de los faycanes y se había extendido por los pagos más remotos de la isla.

El golpe seco y metálico de las culatas de los fusiles retumbó contra la madera de la puerta.

Chago se levantó de inmediato. Al abrir, el haz de las linternas le dio de lleno en la cara dejándolo casi ciego, pero no necesitó mucha luz para reconocer al hombre que lideraba la patrulla. Era Manuel López Santana, uno de los encargados principales del Condado y mano derecha del aristócrata. Su reputación le precedía: un ejecutor despiadado, intocable ante la justicia, cuyo nombre se susurraba con asco y temor en esa zona de la isla debido a oscuros escándalos de abusos a niñas.

Chago sostuvo la mirada del sicario, plantando cara al miedo que amenazaba con paralizarlo.—¿A qué vienen? —preguntó con voz firme.

López Santana sonrió de medio lado, disfrutando del poder absoluto que la noche y las armas le otorgaban.—Venimos a darte una vueltita —respondió con desprecio, dando un paso al frente—. Que salga también tu mujer y tus hijas.

El interior de la cuartería se volvió asfixiante. Los perros ladraban en el alpendre de las cabras. Tras la figura de Chago, en la penumbra del humilde cuarto principal, los pasos apurados y el llanto contenido delataron la vigilia de su familia. No dormían; nadie dormía en la isla desde el día anterior.

López Santana dio un paso hacia el umbral, apoyando una mano en la cartuchera del revólver. El olor a sudor, miedo y gasoil del camión invadió la pequeña vivienda.—¡Chago! —el grito de su esposa, Carmen, cortó el aire. Salió de la habitación trasera arrastrando los pies, intentando cubrir con sus brazos a sus tres hijas. Las niñas, de apenas cuatro, seis y ocho años, se aferraban a las faldas de su madre como si el pedazo de tela fuera un escudo contra los fusiles.—Atrás, Carmen. Quédense dentro —ordenó Chago, sin desviar los ojos del encargado. Su voz sonaba entera, pero sus puños, apretados a los costados, temblaban de pura impotencia.—¿Dentro? No, hombre, no. ¿Es que no me oíste? —López Santana soltó una carcajada seca, girándose hacia los falangistas que esperaban detrás—. Dile a tu mujer que colabore, Chago. Al amo le gusta que las cosas se hagan en familia.

Uno de los falangistas, un muchacho joven de Carrizal de Ingenio con la camisa azul mal abrochada, dio un paso al frente empuñando un mosquetón.—¡Vamos, salgan ya! —gritó el joven, buscando la aprobación de su jefe—. ¡Se acabó el sindicato y se acabaron las contemplaciones!

La hija mayor comenzó a llorar a gritos, tapándose los oídos. Carmen cayó de rodillas, abrazando a las tres pequeñas contra su pecho, intentando interponer su propio cuerpo entre los cañones y las niñas.—¡Ay Dios mío. Por los clavos de Cristo, Manuel! —suplicó Carmen, mirando al encargado con los ojos inyectados en llanto—. A él no… por favor. Llévatelo a él si quieres, pero no delante de las niñas. No les hagas esto, te lo ruego por tu madre que la conozco de toda la vida, somos como familia…

—Mi madre no se junta con rojos, Carmela —escupió López Santana, dándole un empujón con la bota al balde de metal del agua, que rodó por el suelo haciendo un ruido estruendoso—.

Chago vio la mirada libidinosa y cruel con la que el sicario observó por un segundo a su hija mayor. El estómago se le revolvió. El rumor del abuso de las niñas del pago vecino no era un mito; aquel hombre era un monstruo con uniforme y protección oficial. El miedo de Chago se transformó instantáneamente en una rabia ciega. Se interpuso físicamente entre el capataz y su familia.—Tócame a mí, desgraciado. Mírame a mí —le desafió Chago, a pocos centímetros de su rostro, bajando la voz a un susurro cargado de veneno—. Sé perfectamente quién eres y lo que haces. Eres un cobarde que solo eres hombre con un fusil y una niña delante.

La sonrisa de López Santana se congeló. La verdad dicha a la cara, frente a sus propios subordinados, le dolió más que un golpe. El silencio duró un segundo eterno, roto solo por los sollozos de las tres niñas en el suelo.—Cállate la boca, escoria —siseó el encargado, sacando el revólver de la funda con un movimiento rápido y golpeando a Chago con la culata directamente en el pómulo.

Chago cayó de rodillas, con la boca ensangrentada. Carmen ahogó un grito y las niñas se abalanzaron sobre su padre, intentando levantarlo con sus manos diminutas.—¡Papá! ¡Papá, levántate! —chillaba la mediana, limpiándole la sangre con la manga de su camisón.

López Santana guardó el arma y miró al resto de la patrulla con desprecio.—Sáquenlos a todos. Si no caminan, los arrastran por el pelo. El camión espera y la noche es corta.

A empujones y entre las sombras de la noche, la familia fue separada de forma violenta a la salida de la cuartería. Mientras a Carmen y a las niñas las metían a la fuerza en el interior del Ford negro del terrateniente —un coche imponente que olía a cuero y a poder impune—, a Chago lo arrastraron hacia la trasera del camión, donde fue recibido con una lluvia de patadas y puñetazos que lo dejaron semiinconsciente sobre el piso de madera, entre los cuerpos de los otros prisioneros. Las puertas del vehículo se cerraron con un crujido metálico y definitivo, dejando a todos en una angustiosa incertidumbre sobre el destino que les esperaba en mitad de la oscuridad. La respuesta al misterio de adónde los llevaban no llegó de forma oficial, sino a través del desprecio; justo antes de arrancar, se escuchó el exabrupto escupido por el sicario entre las risas de la patrulla: —Pal colegio los Salesianos en Las Alcaravaneras, allí tenemos sitio pa todo.

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