3 de agosto de 2026

El reloj parado de Topuria

«Cuando el oprimido asimila los valores del opresor, su mayor sueño es convertirse en el nuevo capataz.»

Paulo Freire

La carrera de Ilia Topuria se sostiene sobre una historia que va más allá de los golpes en el octágono. Es el relato del joven de origen georgiano que llegó a Alicante, se adaptó y subió hasta lo más alto. Para millones de personas, su figura se convirtió en el espejo del refugiado que se rompe los cuernos para salir adelante en una tierra ajena. Precisamente por eso, verlo ahora con su reloj de cien mil dólares junto a Donald Trump, presentando su próximo combate en los jardines de la Casa Blanca deja una sensación de vergüenza ajena.

Los eventos de este calibre siempre llevan una carga política innegable, más aún cuando sirven de escenario para celebrar el cumpleaños de un líder cuya marca personal se basa en la retórica xenófoba y en la promesa de deportaciones masivas. Cuesta encajar que alguien con el trasfondo de Topuria se preste a este juego de relaciones públicas con un sector político que criminaliza de forma constante al que viene de fuera.

La contradicción se vuelve todavía más profunda si miramos el tablero internacional. Al aceptar los focos en el Despacho Oval, el luchador termina asociando su imagen a un modelo geopolítico agresivo. Un imperio aliado del sionismo que, por un lado, arrastra las consecuencias de sus aventuras militares fallidas e intervenciones caóticas como la guerra encubierta y perdida en Irán junto al criminal de lesa humanidad Benjamín Netanyahu, mientras que por el otro mantiene el asfixiante bloqueo contra Cuba que machaca a su población desde hace décadas.

Esa misma maquinaria es la responsable directa de financiar, armar y respaldar el genocidio palestino, facilitando operaciones militares que han dejado decenas de miles de civiles muertos en Gaza, además de avivar la inestabilidad con bombardeos en Yemen y la desestabilización en el Líbano. Intentar defender la «neutralidad del deporte» en un contexto de esta gravedad resulta inviable; los gestos públicos comunican y, a menudo, validan agendas imperiales que destruyen vidas en muchas partes del mundo.

El éxito y los millones de audiencia conllevan una responsabilidad que no se puede esquivar con un discurso cobarde. Dentro de la jaula, Topuria seguirá siendo un competidor impecable. Fuera de ella, al dejarse querer por el poder más reaccionario, fascista y genocida, el campeón parece haber perdido la memoria del camino recorrido y la empatía hacia quienes hoy sufren la persecución por ser migrantes, los bombardeos que despedazan niñas y niños, el bloqueo y la guerra.

About The Author