«Las olas rompieron contra las rocas y en cada gota que salpicaba estaba el rostro de los que ya no están».
Raúl Zurita
Esa mañana del viernes 28 de agosto del 36, cientos de ballenas de más de quince metros nadaban y saltaban como un presagio bajo el cielo negro cargado de lluvia que no caía; allí muy cerca de la costa de la Playa de La Laja en Las Palmas. Venían y volvían de la cala de arena de Triana, algunas con sus crías pegadas a pocos metros de su contorno gigantesco.
A la orilla comenzaron a llegar los muertos que habían estado bajo el mar dentro de sacos con los cuellos amarrados a piedras y trozos de railes viejos del tranvía. Uno, dos, cuatro, cinco, diez, catorce…Imposible saber el número exacto porque cualquier gesto o mirada cómplice de tristeza o de avisó, era vigilada por los falangistas y militares, que apostados armados cada diez o 20 metros controlaban desde la altura cada movimiento del litoral.
Varios fascistas que estaban borrachos como cubas empezaron a disparar por diversión a los cetáceos y la playa se llenó de sangre espesa y grasa de aquellos seres mágicos que parecían custodiar y acompañar a los muertos en su periplo funerario desde el abismo Atlántico entre la espuma de las olas de La Marfea.
Comenzó a caer un diluvio de goterones y las ballenas desaparecieron en unos minutos llevándose a las que estaban heridas de bala. Solo quedaron los cuerpos hinchados de los apotalados, que fueron recogiendo los pistoleros uno a uno, metiéndolos en un camión grande de los Elder y Miller, para lentamente, atravesando entre plataneras aquel trocito de ciudad, tirarlos dentro de la fosa común del cementerio de Vegueta, entre el barro y los sacos de cal viva.
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