26 mayo 2022

Era noviembre y llovían balas

Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil española. AGUSTÍ CENTELLES

«Fueron cientos de fusilamientos, La Isleta atronaba cada tarde a partir de los cuatro, luego por los tiros de gracia sabíamos a cuantos habían asesinado ese día, era terrible, a muchos se nos quedaron los tiros metidos en la cabeza para siempre».

Chanito Mederos González

El camión era demasiado pequeño para los cinco hombres con las manos amarradas, para los dos falangistas que los custodiaban, poco espacio y casi se podía sentir el aliento de cada uno, sobre todo el etílico de los nazis que venían alegres del cachondeo de los paseíllos nocturnos con las brigadas del amanecer, para asesinar había que emborracharse al parecer, no todos aguantaban ser coparticipes de tan horrendas y brutales torturas, el momento final del asesinato sobre cuerpos destrozados, algunos con la carne abierta en canal, desangrándose y pidiendo por favor que los mataran de una puta vez.

El vehículo cedido a los facciosos por el famoso cacique inglés, Thomas Miller, avanzaba lento atravesando la calle León y Castillo, venían del campo de concentración de Gando, de donde habían sacado a los condenados a muerte a las seis de la mañana. La gente miraba de reojo, sabían adonde los llevaban, el miedo en las calles era generalizado y todo el mundo ya conocía que primero entrarían vivos, rotos pero vivos, con los cuerpos magullados por el maltrato, pero que luego en otro camión, «el de la carne», como le llamaban popularmente, vendrían muertos atravesando la ciudad, dejando un reguero de sangre desde el campo de tiro de La Isleta hasta el cementerio de Vegueta.

Aquel falangista andaluz, conocido como «El Asensio», que era sevillano, encendió un cigarro ante la mirada perdida de los reos, les echaba el humo en sus caras riendo:

-Vayan rezando hijos de puta, vais a conocer el fuego de las balas atravesando vuestros cuerpos de mariconas- les dijo con aquel acento tan peculiar para quienes habían nacido en Gran Canaria.

Solo le faltaba cantar una saeta, trataba de hacerse el gracioso, ante las risas de su camarada Teófilo Grimón, vecino de familia adinerada del municipio de Teror, los hombres no reaccionaban con nada, tan solo miraban al suelo, algunos se iban meando encima por el miedo, temblando de frío aquel 12 de noviembre del 37, casi no podían moverse por las ataduras, la soga clavada en sus muñecas que les hacía ir perdiendo sangre, no sentir los dedos adormecidos por la presión sobre sus venas.

Subiendo la calle Faro las mujeres cerraban las puertas de sus casas, algunos niños y adultos miraban desde las azoteas, sabían que subirían vivos, pero que por la tarde, tras el estruendo del fusilamiento, de los tiros de gracia, bajarían de nuevo pero muertos, unos sobre otros, mostrando la inmensa crueldad de quienes mataban por matar, sembrando de odio cada rincón de la isla.

Arriba junto al campo de tiro los esperaba ese oscuro día don Fernando Martel Limiñana, el cura de la parroquia de San Juan de Telde, que era uno de los trece sacerdotes que colaboraba cada día dando la Santa Unción a los muertos tras cada ejecución, pistola al cinto les iba haciendo la señal de la cruz en el aire, como un presagio de muerte, ante los ojos desconcertados de los condenados, como si aquellos pabellones donde los metían antes del fusilamiento fueran la antesala del infierno.