1 octubre 2020

La fosa de los héroes

Imagen: Cata en la fosa común del cementerio de Las Palmas en diciembre de 2018 (Foto Quique Curbelo).

«(…) La fosa la ibamos abriendo según traían los cuerpos fusilados del campo tiro de La Isleta, aquello daba miedo, todas aquellas mujeres con los chiquillos allí afuera tratando de ver si en alguno de los camiones traían a su familiar, la mayoría esperaban a sus maridos con el cuerpo lleno de balas. La Guardia Civil acordonaba el cementerio de Las Palmas y solo dejaba pasar a los falangistas que venían bajando por las laderas de San José pa ver como enterraban a tantos hombres como quien va a ver un partido fútbol. Se oían los llantos de las que lograban identificar a sus seres queridos, parecía que hasta el aire cortaba por la tensión. Los camiones que eran de los Betancores, del Conde, de la Marquesa, de los Bonny y otros caciques terratenientes, que los cedían pa las matanzas, pa llevar a los muertos que iban dejando un reguero de sangre desde que salían del Cuartel de Ingenieros bajando la calle Faro, atravesando toda la ciudad. La gente se metía padentro de sus casas cuando veían aquel espectáculo tan triste en la ciudad. Las fosas las cerrábamos según se llenaban de cuerpos, luego por otra zona del cementerio las abríamos, yo creo que allí tiramos a cientos porque no dejaban de llegar las camionetas de plátanos cargadas de muertos. Nos dieron sacos de cal viva que teníamos que echar sobre los cadáveres, a nosotros esos días nos pagaron pa ayudar al sepulturero y su hijo porque no daban abasto, fuimos mi hermano Pancho y yo, junto a dos muchachos del barrio de San Juan que también eran hermanos. Allí vi tantas caras conocidas, futbolistas, bregadores de lucha canaria, alcaldes, concejales, sindicalistas, profesores, militares, jornaleros, maestros…, que eran enterrados unos encima de los otros sin importar quienes fueran cada uno. Nosotros nos limitábamos a obedecer las órdenes de los falangistas que nos iban diciendo cuando teníamos que sacar los cuerpos de los camiones, donde enterrar, donde acarrear tierra pa tapar cuanto antes las pruebas de sus crímenes. Yo si sé que aquello era así no hubiera ido, fueron muchos muertos, mucha sangre, muchos hombres agujerados por los tiros del pelotón de fusilamiento. Fueron terribles aquellos días, hasta los próximos consejos de guerra de finales del 37 donde ya ni mi hermano ni yo quisimos ir, le dijimos al jefe falangista de San José, un tal Figueroa, que estábamos trabajando en una finca de La Matula junto al barranco Guiniguada. Ni Pancho ni yo queríamos ver más aquello, ver a tantos hombres que no habían hecho nada malo con los ojos abiertos como mirándonos, mientras los íbamos tirando a cada fosa, todavía parece que tengo las manos manchadas de sangre, me las lavo con jabón y me restrego para verlas limpias varias veces al día…»

Fragmento de la entrevista a Antonio Mateo Alonso Domínguez, jornalero del barrio de San Roque (Las Palmas GC). Testimonio recabado en abril de 1991 en el barrio de Pedro Hidalgo, municipio de Las Palmas GC.

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