20 septiembre 2020

Más allá de la niebla

Dos pastores majoreros retratados durante una apañada en el Llano del Sombrero.| FOTO TATO GONÇALVES

Había mujeres que eran el diablo con el garrote en las manos, no había hombre que se les acercara, aunque las rodearan entre cuatro o cinco, formaban un remolino de golpes, luego se quedaban quietas en medio con una sonrisa en los labios.

Juan Vera Fajardo

«(…) Cuando nos rodearon llegando al Barranquillo del Silo, allá en Linagua, Emilio levantó el garrote, los falangistas cargaron las pistolas, pero en menos que miré parriba y pabajo pa ver las cabras estaban todos en el suelo con heridas en la cabeza, luego les quitamos las pistolas y un mauser que llevaba el hijo de Lolita la de los Rabuos. Eran cuatro fascistas armados, sabíamos que o los matábamos o estaríamos perseguidos hasta que nos cogieran, pero decidimos dejarlos amarrados en un pino viejo, las armas las tiramos por el risco y al caer abajo se destrozaron. Nos miraban con miedo porque pensaban que les íbamos a dar la definitiva, pero no eramos como ellos, por nuestras mentes jóvenes no estaba incluido el asesinato. No decían nada temblando, estaban allí desalados, pero salimos montaña arriba con las cabras, ni nos insultaron, todos sentados sobre la pinocha como si fueran niños, pero eran hombres dispuestos a matar, quien sabe a cuantos habían acribillado a balazos antes de ir en busca nuestra. Emilio manejaba el garrote como nadie, lo enseño Manolito Sosa de Pino Gordo, desde chico lo ayudaba con el ganado de cabras, me acuerdo verlos hasta las tantas de la noche garrotiando, mi compadre le ponía delante una puntera de hierro a la que llaman regatón que le ayudaba a caminar por los riscos, yo creo que les dio con eso porque se quedaron planchados en el suelo como conejos echados. Luego corrimos con las cabras hasta la casa de Conchita Espino, allí le dijimos lo que había pasado y se las dejamos, sabíamos que nunca volveríamos a verlas, que ya nuestra vida sería una fuga en aquella isla donde estaban matando a miles de hombres solo por sus ideas, me acuerdo que nos separamos llegando a la degollada del duende. Emilio me dio un abrazo y un beso en la mejilla, lo vi perderse con el garrote al hombro subiendo entre las retamas y los codesos, ni miró patrás, se perdió entre la niebla del pinar, los dos sabíamos que no nos veríamos más, a los pocos meses salí de la isla, un día cuarenta años después en una caminata por el barranco del Siberio me dijeron que seguía vivo, que lo habían visto por la zona de los Caideros de Gáldar con unas cuantas cabras, nunca lo supe, donde esté que lo bendiga este cielo de estrellas…»

Testimonio de Juanito Santiago Hidalgo, pastor de cabras en La Aldea de San Nicolás, entre los años 1923-1936.

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