«La labor del agente provocador no es la de un mero observador; su misión es acelerar el proceso, empujar a los elementos más radicales hacia una acción prematura para así justificar la destrucción del movimiento».
Murray Bookchin, teórico político y anarquista estadounidense
Buscar la verdad es una tarea sagrada, pero desenterrar el pasado durante más de treinta años consume la vida entera. Cuando la búsqueda de un abuelo en una fosa común se convierte en un calvario durante décadas, el desgaste emocional es incalculable. Ver morir a padres y abuelos en la tristeza, esperando una justicia y una reparación que nunca llegaron por el asesinato de tantos demócratas en la dictadura, deja una herida purulenta que el tiempo no cura.
A este dolor se suma la indignación ante los obstáculos institucionales que demoran intencionalmente todo proceso, una estrategia perversa diseñada para que el tiempo pase, los testigos y familiares muramos, y todo se quede bajo un manto infinito de olvido. Es una carrera burocrática contra el reloj biológico de los supervivientes, donde la administración arrastra los pies esperando el silencio definitivo.
Jamás he estado en esto con otro objetivo que no sea hacer justicia, no concibo otra estrategia, consiguiendo enterrar dignamente a quienes fueron torturados y acribillados a balazos en muchos casos por falangistas o por los fascistas del tricornio que llenos de odio masacraron a tantos defensores de la democracia y la libertad.
Por eso mismo, resulta inadmisible y doloroso verse rodeado de dinámicas que corrompen ese espíritu. Cuando aquel amigo de tantos años me pidió atender y recibir a un tipo que no conocía de nada y que quería compartir las investigaciones de su trabajo de fin de carrera conmigo, no sabía que se trataba de un guardia civil. Inicialmente dije que no a mi camarada de juventud, quizá por una especie de instinto de supervivencia o presentimiento, pero terminé aceptando por la amistad y por aquella antigua militancia comunista de la remota juventud. Es trágico ver cómo esa buena fe fue utilizada por este siniestro personaje para meterse en nuestra lucha por la memoria, generando dinámicas oscuras con las tácticas de destrucción y división de grupos revolucionarios para las que quizá los forman, y uniéndose a la ambición y codicia de algunos terminar todo en un panorama desolador, infectado de un rencor, que aunque parecía solventado, aún pervive. Contemplar hoy con asombro tanta maldad solo ha servido para abrir todavía más las heridas y la desazón mezclada con la infinita tristeza y la desilusión.
Ante este panorama, queda una certeza absoluta: no puedo ser como esos enemigos de la verdadera justicia. Aquellos que priorizan sus intereses particulares, sus siglas o su proyección personal rebajan la memoria de los caídos al nivel de la miseria humana. Apartarse de este camino, por tanto, no es una derrota; es un acto de absoluta dignidad y fidelidad a los propios principios. Ya no estás, ni tienes edad, para aguantar la pestilencia de la codicia y la ambición personal o política. No estás aquí para eso. Tu deber está más que cumplido: frente al olvido institucional y la mezquindad humana, la batalla deja como legado un proyecto de exhumación aprobado y una contratación firmada. El trabajo duro está hecho, el mapa está trazado durante años de esfuerzo sobrehumano y ahora corresponde a otras personas continuar la marcha.
A estas alturas de la vida, el mayor acto de justicia es el que uno se debe a sí mismo. Es el momento de cerrar la puerta al ruido, a la traición y a la política mezquina para abrirla de par en par a la vida, a la familia, a la buena gente que te cuida sin pedir nada a cambio, a la magia de la naturaleza, el ejercicio físico, la lectura y la escritura que ya no son solo un refugio, sino el destino legítimo y ganado a pulso. Toca, por fin, dedicarse a vivir tranquilo, sanando las heridas a través de las letras y el silencio, con la cabeza alta y la conciencia limpia por haber dado todo lo que se tenía, sin doblegarse jamás ante quienes prostituyen las causas nobles ni ante las instituciones que juegan al desgaste, la desidia y la absoluta incompetencia: ¡Hasta siempre!
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