27 de octubre de 2026

Triana florecía

«La celda de detenidos era el preámbulo del infierno. Allí dentro perdiste el derecho a tu nombre, a tu cuerpo y a tu propia noche. La policía te recordaba a cada hora que tu vida ya no te pertenecía».

Carlota O’Neill

Aquella remota mañana de enero de 1968, el aula principal del colegio Santa Rosa de Lima se sentía más fría de lo habitual. Nos habían puesto un examen de Lengua y Literatura, una especie de redacción que debíamos rellenar bajo una vigilancia estricta. El silencio en la clase era casi físico, denso, solo roto por el rasgueo de los bolis y el eco de los pasos de don Manuel. En ese colegio la disciplina era implacable; el lema de que «la letra con sangre entra» se aplicaba sin miramientos y los castigos físicos formaban parte de la rutina. Sabías que un desvío de la mirada o un error en el papel te podía costar un buen golpe.

Sin embargo, el instinto pudo más que el miedo. El aula tenía unos ventanales enormes que daban directamente a la calle Triana, el corazón palpitante de Las Palmas, y mis ojos se escaparon como siempre inevitablemente hacia el exterior.

Desde la altura del ventanal, Triana se desplegaba como un cuadro vivo. En ese enero, la calle conservaba el pulso comercial del invierno isleño. A través de los cristales, aunque apagado por las paredes del colegio y el sonido de las clases de timple de Totoyo Millares en la planta baja, me llegaba el rumor de fondo de la ciudad: el traqueteo de los coches sobre el asfalto, el rugido lejano de alguna guagua y el murmullo constante de los peatones que caminaban por las aceras. Se alcanzaban a ver los escaparates de los comercios de siempre, con sus letreros de neón apagados de día y los toldos de lona extendidos. Las fachadas señoriales de Triana, con sus balcones y portales de madera, daban cobijo a la gente que iba de tiendas o al trabajo, envuelta en gabardinas ligeras o chaquetas para protegerse de la brisa fresca del alisio.

Incluso allí arriba, colándose por alguna rendija mal sellada de los ventanales, flotaba un aroma inconfundible que terminaba de dibujar la mañana: el olor a ensaimadas recién horneadas. Era un aroma dulce, a manteca y azúcar glas, que delataba la cercanía de la Pastelería Parrilla, Ese rastro a repostería artesanal contrastaba de forma casi cruel con el ambiente gris y rígido del aula con las fotos de Franco y José Antonio, un recordatorio de la vida cálida que continuaba en la acera de enfrente.

Justo debajo, en la esquina del Palacio de los Juguetes, la estampa era pura nostalgia. Su vitrina todavía conservaba el eco de las Navidades recientes, un imán visual para cualquier chiquillo de la época, lleno de coches de hojalata, muñecas de porcelana y trenes eléctricos que se quedaban grabados en la memoria de los grancanarios. Pero ese día, el olor dulce y la ilusión de la tienda se rompieron en seco cuando la realidad de la época se mostró con toda su crudeza.

Vi aparecer a una patrulla de la Policía Armada. Los «grises», con sus uniformes oscuros que destacaban con rigidez en mitad de la acera, cortaron el paso de una chica muy joven que caminaba a buen paso. Llevaba un paquete misterioso bajo el brazo, apretado contra el cuerpo con un nerviosismo delator.

No hubo preguntas, ni un alto el fuego verbal, ni la más mínima oportunidad de explicarse. Vi perfectamente cómo la placaban con una violencia desmedida, tirándola contra el pavimento, justo al lado del escaparate de los juguetes. Una vez en el suelo, uno de los policías hincó su rodilla directamente sobre el cuello de la joven, aplastándola contra el piso para neutralizar cualquier intento de resistencia, mientras el otro forcejeaba para arrebatarle el paquete y ponerle las esposas.

La respuesta policial fue desproporcionada y milimétrica. En cuestión de segundos, el estruendo ronco de los motores invadió Triana, ahogando por completo el murmullo habitual de la calle y disipando el aroma a manteca del ambiente. Dos «bombonas», aquellos furgones policiales grises tan característicos y temidos, irrumpieron en la calzada pegando un frenazo y cruzándose de lado a lado para cortar el tráfico por completo.

La calle se convirtió en un escenario congelado. Los transeúntes se detuvieron en seco, petrificados en las aceras. Recuerdo las caras de la gente de a pie: ojos abiertos de par en par, expresiones de asombro y, sobre todo, un miedo contenido que flotaba en el aire. Las mujeres con sus bolsos apretados, los hombres mayores interrumpiendo su charla, todos mirando de reojo, disimulando para no llamar la atención. En la España de finales de los sesenta, la impotencia se tragaba en silencio; nadie se atrevía a dar un paso al frente ni a protestar.

Desde mi ventana, con el examen a medio terminar sobre la mesa, me quedé con el bolígrafo suspendido en el aire y el corazón acelerado. El contraste era brutal: dentro de los muros del Santa Rosa de Lima nos machacaban la cabeza con una educación severa y arcaica, mientras que allí afuera, en la misma Triana de los paseos, del Palacio de los Juguetes y del olor a dulces por las mañanas, el régimen franquista exhibía sus garras sobre el asfalto. Aquella detención duró apenas unos minutos, pero para mí el tiempo se detuvo. Entregué la redacción como pude, sabiendo que la verdadera lección de literatura, de historia y de cruda realidad la acababa de presenciar al otro lado del cristal de la memoria.

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