24 de septiembre de 2026

Ese hilo invisible

«Hay una memoria que es herida, y hay una herida que es memoria. Yo no quiero que la herida cierre si eso significa olvidar lo que pasó».

Juan Gelman

Ayer colgué el teléfono con una sensación extraña metida en el cuerpo, de esas que tardan en marcharse. Había estado hablando con la sobrina nieta de un demócrata asesinado, uno de tantos hombres fusilados a los que arrojaron a la fosa común del cementerio de Vegueta. No nos conocemos de nada. Jamás nos hemos visto las caras, ni compartimos calles, ni sabíamos de la existencia del otro hasta hace unos días. Y, sin embargo, mientras la escuchaba, sentí que su voz me resultaba extrañamente conocida. No era una familiaridad impostada; era el reconocimiento inmediato de alguien que camina por tu mismo mapa mental.

Al final, uno se da cuenta de que no es una cuestión de acústica, sino de algo mucho más hondo. Quienes somos familia de las víctimas del franquismo compartimos una especie de frecuencia de radio propia, un código que no se aprende en los libros sino en los silencios de la cocina de nuestras casas. Llegué a la conclusión de que estamos unidos por un hilo invisible, casi surrealista, que cruza el vendaval de los años y nos engancha. Nos vincula y nos junta sin que lo sepamos, en cualquier esquina del mundo o a través de un cable telefónico, como si respondiéramos a un imán silencioso que la historia no ha podido desmagnetizar.

Durante décadas, quienes planearon el horror y después quisieron echarle tierra y cal viva encima calcularon que el tiempo haría el trabajo sucio. Diseñaron una impunidad a largo plazo basada en la biología: pensaron que, al morir los testigos directos y los hijos, moriría también el recuerdo. Apostaron a que naceríamos con la memoria limpia y anestesiada por la prisa del día a día y el olvido impuesto. Pero calcularon mal no contaron con la forma en que funciona este relevo. Las abuelas y los padres nos criaron protegiéndonos, a veces masticando el miedo en silencio para que nosotros creciéramos libres de su lastre, pero el dolor tiene una persistencia subterránea. El testigo ha pasado de manos casi sin darnos cuenta. Lo que en nuestros mayores era un duelo ahogado por el temor a las represalias, en los nietos, las nietas se ha transformado en una insistencia serena, libre de culpas ajenas, pero cargada de una tremenda responsabilidad histórica. Somos la generación que ya no tiene miedo, la que recoge las preguntas que ellos no pudieron o no se atrevieron a hacer en voz alta y las convierte en exigencias de justicia. Ese hilo invisible se transmite así: a través de una mirada, de una herida no cerrada o de una foto escondida en el fondo de un cajón que hoy, por fin, miramos de frente.

Esa voz al otro lado de la línea no destilaba rencor ni pedía venganza; pedía algo tan básico, limpio y humano que asusta tener que seguir reclamándolo más de ochenta años después: un poco de dignidad, verdad y un nombre propio en una piedra donde poder dejar unas flores. Al reconocernos en el dolor y en la terquedad del otro, la búsqueda deja de ser una batalla solitaria e impotente de cada familia para convertirse en una red colectiva.

Por eso esta causa es invencible. Porque da igual los años que pasen, los recursos que se nieguen o los muros burocráticos y políticos que nos pongan por delante; cuando dos desconocidos se descubren compartiendo el mismo latido y hablando el mismo idioma de los que faltan, el olvido, simplemente, pierde la partida.

Antes de despedirse, me confesó con angustia su temor al futuro inmediato, la preocupación real de que en unos meses un gobierno de tinte fascista intente desmantelar los avances logrados y volver a sepultar la verdad bajo decretos y desprecio. Traté de tranquilizarla con la calma que solo da la perspectiva del tiempo. Le recordé que venimos de muy lejos, de los años del plomo y del silencio más absoluto. Son ya décadas de lucha a contracorriente, cayéndonos y volviéndonos a levantar con obstáculos inimaginables de donde menos te imaginas. Gobierne quien gobierne, la memoria se alza hasta vencer, no depende de un boletín oficial, sino de la dignidad de un pueblo. Siempre encontraremos un camino de justicia.

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