«Es importante, ético e imprescindible conocer los hechos ocurridos a nuestros padres y abuelos para saber quiénes somos y cómo somos.»
Clara Valverde
El silencio en mi casa no era ausencia de ruido, sino una especie de juego de susurros ininteligibles que se pegaba a las paredes como el polvo. Yo era un niño pequeño, pero tenía esa intuición afilada de los hijos de la derrota; sabía perfectamente que algo terrible estaba pasando, que arrastrábamos un peso invisible, pero entendía, por algún motivo desconocido y sagrado, que estaba estrictamente prohibido conocer lo que de verdad le había ocurrido a mi familia. El horror real lo fui reconstruyendo a retazos, atrapando frases a medio decir cuando los adultos creían que yo no escuchaba. Así supe que a mi abuelo paterno lo habían fusilado contra una tapia de lava y que a su hijo, mi tío, un bebé que apenas empezaba a vivir, lo asesinaron en un registro, el materno, había sobrevivido, pero a costa de arrastrar doce años de trabajos forzados, hambre y reclusión en las cárceles del franquismo. Al regresar a casa, su cuerpo era el mapa del castigo: arrastraba una rigidez en los huesos que el frío de las celdas le había dejado para siempre, y sus manos, callosas y temblorosas, delataban por lo que había pasado. Pero lo que más me sobrecogía era su mirada vencida y aquellos silencios larguísimos en los que se quedaba perdiendo la vista en la nada, como si una parte de su mente se hubiera quedado atrapada para siempre entre las rejas y las torturas.
Frente a esa sombra enorme, en mi hogar se desplegaba una estrategia desesperada de supervivencia emocional. El buen trato constante, la ternura casi protectora y el amor desmedido que me daban mis padres intentaban, día a día, sustituir y sepultar aquellos crímenes y abusos que yo ya conocía de sobra. El cariño era una barricada contra la memoria del miedo. Sin embargo, ese escudo era frágil. Cuando por accidente se rozaba el tema, el ambiente cambiaba de golpe en un instante helado. Bastaba una palabra imprevista en la radio, el paso de un uniforme por la calle o una pregunta ingenua de mi parte para que mis padres se tensaran por completo. Mi madre cambiaba bruscamente de conversación con una sonrisa forzada y una voz demasiado aguda, mientras que mi padre clavaba los ojos en el suelo o se levantaba de la mesa con cualquier excusa, conteniendo la respiración para que el dolor no se desbordara. El pánico a que el pasado nos destruyera el presente se volvía casi físico en la habitación.
Por eso yo, que lo percibía todo, fingía desconocer la tragedia. Sostenía mi papel en ese teatro del disimulo de la misma manera que en las noches de Reyes me hacía el dormido en la cama, apretando los ojos en la oscuridad mientras escuchaba los pasos sigilosos en el pasillo, el alborozo silencioso de mis padres, el olor dulce y fresco de la alfalfa que dejábamos para los camellos y la certeza de los tres vasitos de ron, uno para cada ser mágico, esperando en la mesa. Igual que me quedaba inmóvil para no romper la ilusión de la Navidad, me quedaba inmóvil ante el dolor de mi familia, callando lo que sabía para que la ternura no se rompiera y para proteger el frágil equilibrio de un hogar que solo intentaba salvarme del pasado.
Hoy, tantos años después, miro a ese niño que fui y comprendo que el simulacro terminó, pero el peso permanece. Los traumas no se entierran con el paso de las décadas ni desaparecen porque cambien los tiempos; se heredan en la sangre, en la forma de amar, en los miedos irracionales y en esos silencios familiares que terminan marcándote de por vida. Por eso me resulta tan doloroso y desolador enfrentarme a la mirada de quienes no han vivido esta realidad. Hay personas que, desde el privilegio de una historia limpia y sin fosas, son incapaces de entender o de mostrar una pizca de empatía hacia nuestro dolor. Nos tratan de utilizar como réditos hasta que tenemos que rebelarnos, como si la memoria fuera un interruptor que se pudiera apagar, sin comprender que la ausencia de mi abuelo y mi tío, y los doce años de tortura de mi abuelo materno, moldearan cada rincón de mi infancia. No entienden que para nosotros la historia no es un debate político ni un capítulo abstracto en un libro de texto, sino la herida abierta con la que aprendimos a caminar por el mundo.
Toda esa carga, todo ese dolor sordo que respiré en la niñez, acabó transformándose en mi motor y mi destino. No me quedé en el lamento. He dedicado mi vida a estudiar, a desenterrar los nombres que el régimen quiso borrar de la historia, y a dar testimonio de la barbarie. Detrás de mis seis libros publicados sobre el genocidio franquista en Canarias, y de este séptimo que está a punto de salir a la luz, está ese mismo niño que fingía dormir. Cada página que he escrito ha sido mi manera de romper el juego de los susurros, de gritar lo que estaba prohibido saber y de hacer que el sacrificio de los míos, y de tantos otros, deje de habitar el territorio del olvido. Escribo porque es la única herramienta que tengo para combatir la desmemoria y la falta de empatía de los que miran hacia otro lado; escribo con la esperanza de que esta aportación literaria e histórica sirva de algo, rompa de una vez el muro de la indiferencia y devuelva la dignidad que el silencio nos quiso robar.
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