28 de octubre de 2026

El odio de los dueños del cortijo

«Es el poder, aislado en su misma potencia… El modelo que rige las representaciones que el pueblo se ha hecho de los poderosos: caciques, señores feudales, políticos, generales.»

Octavio Paz

La política española sufre un ruido insoportable que no es fruto de la casualidad ni de la simple crispación. El constante enfado, la cascada diaria de insultos, las descalificaciones personales y las amenazas veladas que despliegan el Partido Popular y Vox responden a un plan perfectamente ejecutado. No estamos ante un debate ideológico ordinario; es la rabieta de quien se cree dueño legítimo de un país y no tolera que las instituciones y los miles de millones de dinero público que no manejan. Su único afán es recuperar lo que siempre han considerado su propiedad privada: ese cortijo exclusivo al que cínicamente llaman España.

Este comportamiento conecta de forma directa con una herencia oscura. Con sus formas autoritarias y su desprecio a la soberanía popular, la derecha y la extrema derecha actúan al mejor estilo de sus padres y abuelos tras el golpe fascista de 1936. Para ellos, el poder no es un ejercicio temporal otorgado por las urnas, sino un derecho de sangre y de clase. Cuando la ciudadanía elige opciones que protegen a la mayoría social, su reacción no es el debate parlamentario, sino el sabotaje y la deslegitimación del adversario, reviviendo los peores fantasmas de nuestro pasado para secuestrar el discurso público.

Sin embargo, este despliegue de odio y banderas gigantescas, muchas con yugos, flechas y simbología nazi, tiene un objetivo material inmediato: camuflar una ofensiva directa contra el bienestar y la supervivencia de la clase trabajadora. Su estrategia económica compartida se sostiene sobre la falacia de que las rebajas fiscales masivas y la desregulación generan prosperidad. La realidad es implacable: estas medidas operan como una bomba de succión que traslada la riqueza de abajo hacia arriba. Al tiempo que prometen alivio fiscal, defienden la privatización encubierta y el recorte de los servicios públicos esenciales, debilitando la sanidad y la educación que sostienen a las familias corrientes mientras tienden la alfombra roja a mafiosos sectores rentistas, grandes corporaciones y fondos buitre.

En el ámbito estrictamente laboral, el desprecio hacia el asalariado es evidente. Sus propuestas criminalizan con frecuencia los derechos más básicos, llegando a señalar el absentismo por enfermedad como un «cáncer» de la economía y sugiriendo penalizaciones para quienes se ven obligados a coger una baja médica. Intentar camuflar esta pérdida de derechos mediante consignas de división o propuestas de «prioridad nacional» es un intento burdo de distraer a los trabajadores, enfrentándolos entre sí por las migajas mientras se salvaguardan los privilegios de las élites.

Ante esta ofensiva, la clase trabajadora no podemos permitirnos el lujo de la distracción ni de la indiferencia. El mayor triunfo del poder es nuestra resignación y nuestro silencio. Romper con las dinámicas del viejo cortijo exige apagar el ruido de sus insultos y responder con organización, conciencia de clase y movilización masiva. La soberanía y la dignidad de un país no se defienden agitando una bandera en una manifestación de ricos, sino defendiendo los convenios colectivos, blindando la sanidad y las pensiones públicas, el derecho al aborto en la Constitución, exigiendo salarios justos y llenando las urnas contra quienes nos quieren arrodilladas. Es hora de dejar de votar a los capataces del señorito: la fuerza está en nuestras manos, en los centros de trabajo, en las universidades y en las calles, y es ahí donde debemos levantar la voz, movilizarnos para rescatar nuestro futuro del fascismo.

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