«El fascismo tiene una estética muy particular, basada en la glorificación de la pureza y la condena de la «contaminación». Utiliza la retórica de la limpieza institucional para justificar la destrucción de la libertad».
Susan Sontag
La estampa ayer de las Juventudes de Falange y otras organizaciones de la ultraderecha neonazi frente al Ministerio de Transportes en Madrid es el enésimo recordatorio de cómo la carroña política se alimenta del dolor. Con el eco del trágico accidente de tren en Urda todavía fresco, el Cara al Sol, los insultos de «asesino» al ministro Óscar Puente y los disturbios nocturnos demostraron que para ciertos sectores la muerte no es una pérdida, sino un combustible. Pero tras el ruido de las bengalas queda el debate de fondo: cómo gestionan nuestros gobernantes los momentos en los que el Estado falla y se cobran vidas humanas. Y ahí, el historial del Partido Popular arrastra un lastre difícil de sacudir.
Hay una especie de manual no escrito en la derecha española cuando estalla una catástrofe bajo su mando. Ocurrió con el hundimiento del Prestige, con los cadáveres mal identificados del Yak-42, con la mentira oficial del 11-M y, de forma descarnada, durante la pandemia en las residencias de ancianos de Madrid. El patrón siempre es idéntico: primero se minimiza el riesgo, luego el líder desaparece en el momento más crítico y, finalmente, se enciende el ventilador de las culpas para salvar el pellejo político.
El ejemplo más brutal de esta inercia lo vimos con la DANA de Valencia. Mientras los teléfonos de media provincia se ahogaban sin recibir una alerta a tiempo y el agua ya se cobraba las primeras víctimas, Carlos Mazón estiraba una sobremesa privada, bien acompañado, incomunicado y ajeno al comité de emergencias que lo esperaba. Lo que vino después fue un espectáculo todavía más bochornoso de versiones cambiantes, mentiras de patas cortas y una estrategia asquerosa de culpar a los técnicos de la Aemet o a la Confederación Hidrográfica. Al final, la presión de la calle arrancó su dimisión un año tarde, pero el blindaje de su acta de diputado autonómico sigue ahí, como un paraguas de aforamiento por lo que pueda pasar en los juzgados. Para el PP, el caso parece cerrado con los últimos autos que descartan la vía penal directa, pero el veredicto social de negligencia ya es imborrable.
Ahora las tornas han girado. El desastre ferroviario de Urda ha puesto el foco sobre el actual Gobierno central y el desgaste de Óscar Puente parece total a las puertas de unas elecciones generales que huelen a cambio de ciclo. La derecha y Vox han visto la oportunidad perfecta para devolver el golpe, usando el colapso de las infraestructuras como ariete electoral.
La paradoja es que este escenario hace que un gobierno de coalición entre el PP y la extrema derecha parezca inevitable a la vuelta de la esquina. Ojalá no sea así y me equivoque. Y es ahí donde surge la verdadera pregunta. Es muy fácil gritar en la oposición y capitalizar la rabia de la calle, pero el poder desgasta y las crisis siempre vuelven. Cuando les toque a ellos estar al mando de la mesa de emergencias, veremos si un ejecutivo condicionado por Vox aplica la transparencia de la que ahora presumen o si, como dicta su propia historia, vuelven a esconderse detrás de los manuales de control de daños mientras la realidad se mide en el número de ataúdes.
La paradoja es que este escenario hace que un gobierno de coalición entre el PP y la extrema derecha parezca tristemente inevitable a la vuelta de la esquina. Y es ahí donde surge el verdadero escalofrío. Es sumamente fácil jalear la rabia desde la oposición, pero el poder no entiende de discursos y el cambio climático no va a dar tregua. Pensar en cómo este bloque gestionará la próxima DANA, el próximo gran incendio o cualquier crisis sanitaria infunde un temor justificado: con un PP experto en esconderse detrás de los técnicos y un Vox terraplanista que niega la ciencia y purga los servicios de emergencia por motivos ideológicos, el cóctel promete ser letal. Cuando les toque a ellos estar al mando de la mesa de crisis, nos daremos cuenta de que la alternativa al colapso actual puede ser el sálvese quien pueda absoluto. Que el Señor nos coja confesados —y lo dice un agnóstico confeso—.
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