22 de septiembre de 2026

Voces del recuerdo

«La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.»

Gabriel García Márquez

La demencia no es solo una enfermedad; es un naufragio en cámara lenta. Avanza como una marea silenciosa y devastadora que lo devora todo a su paso, desdibujando los días, borrando las rutinas de la tarde anterior y desmantelando, pieza a pieza, el armazón del presente. A los noventa años, vi cómo esa niebla densa empezaba a apoderarse de mi padre, Diego González. En muy poco tiempo, el hombre que había sido el pilar de nuestra existencia comenzó a cambiar. Su mirada se extraviaba a veces, las palabras se le atascaban y empezó a marcharse poco a poco, perdiendo gran parte de los recuerdos de una vida entera. Una trayectoria vital que, desde su misma infancia, ya había sido marcada a fuego por la tragedia: la de ser el hijo de un fusilado por el franquismo en Tamaraceite.

Cuidar a un ser querido en medio de semejante desgaste cognitivo es una experiencia profundamente demoledora. Un proceso que transforma radicalmente la dinámica de cualquier familia, que te exige el alma en cada hora del día y que te sumerge en una impotencia desgarradora al ver cómo la persona que amas se va desvaneciendo frente a tus ojos. Sin embargo, en medio de ese colapso de su mente, mi padre realizó el mayor ejercicio de generosidad y confianza que un ser humano puede hacer: depositó toda su vulnerabilidad y el final de sus días en mis manos. Fue un pacto invisible, una entrega ciega basada en la certeza absoluta de que yo iba a estar ahí para protegerlo y cuidarlo hasta el final de sus días.

Y en mitad de ese océano de olvido, ocurrió algo maravilloso y misterioso que la medicina a veces contempla con absoluto estupor: a mí nunca me olvidó. Cuando el mundo exterior se volvía confuso para él y la clínica se llenaba de las sombras propias de su condición, si alguna enfermera o un extraño le preguntaba quién era yo, su rostro se transformaba por completo. Una sonrisa limpia y llena de complicidad iluminaba su cara, me miraba con una lucidez que me atravesaba el pecho y respondía con orgullo: «Es Francisco González Tejera, ‘el jefe'». En los pasadizos más oscuros de su cerebro devastado, el hilo que nos unía permaneció tenazmente intacto. El amor hacia su hijo fue el último faro que se negó a apagarse en la tormenta.

Sin embargo, la lección más sobrecogedora y escalofriante de su memoria estaba por revelarse. Ocurrió el día en que los genetistas entraron a la clínica con sus maletines para tomarle las muestras de ADN, en ese esfuerzo contra el tiempo por recuperar los hilos de dignidad de las víctimas de la represión. Aquellos médicos presenciaron un auténtico milagro de la conciencia y del dolor humano. Mi padre, el mismo hombre que apenas lograba retener qué había desayunado o qué día de la semana era, se incorporó y les relató, con un nivel de detalle quirúrgico, nítido y desgarrador, la historia del asesinato de su hermano, el bebé Braulio. Fue un testigo directo del horror absoluto.

El médico que coordinaba la prueba alucinaba en silencio. No podía comprender cómo la demencia, que había arrasado con casi todo su registro presente, respetaba con tanta exactitud un recuerdo enterrado hacía tantas décadas. Mi padre les describió cómo un falangista, con el alma podrida de odio, sacó de la cuna a un niño indefenso de apenas cuatro meses de vida y le destrozó la cabeza contra una pared. Ocurrió durante un registro salvaje y violento en el hogar familiar, mientras los verdugos buscaban con furia a mi abuelo, el sindicalista Francisco González Santana, «Pancho La Mahoma».

Para entender la magnitud de lo que la mente de mi padre se resistía a borrar, hay que descender a las raíces de la barbarie que asoló a Gran Canaria. Mi abuelo no era un hombre cualquiera: era un firme defensor de la libertad, miembro del Frente Popular y dirigente de la Federación Obrera del antiguo municipio de San Lorenzo. Era la viva voz de los derechos de la clase trabajadora frente a una sociedad caciquil y explotadora. Cuando se produjo el golpe, Tamaraceite y todo el municipio se convirtieron en un laberinto de terror y cacerías humanas. Aquella fatídica Nochebuena de 1936, la patrulla falangista asaltó nuestra casa buscando capturarlo. Al no encontrarlo, descargaron su frustración fascista cometiendo el infanticidio del pequeño Braulio, un crimen atroz destinado a quebrar a la familia y aterrorizar a todo el vecindario.

Mi abuelo, que se encontraba evadido y escondido para salvar la vida, no pudo soportar el dolor al enterarse de que habían asesinado a su bebé de cuatro meses. En un acto de inmenso amor y desesperación, para evitar que siguieran masacrando a los suyos, se entregó de inmediato a las autoridades sublevadas. Tras sufrir torturas terribles en cautiverio, fue sometido a un Consejo de Guerra sumarísimo sin la menor garantía legal. El 29 de marzo de 1937, mi abuelo fue fusilado junto al alcalde legítimo Juan Santana Vega y otros compañeros, pasando a la historia de la infamia y de la dignidad como parte de los «cinco de San Lorenzo». Mi padre creció con ese vacío lacerante, cargando el estigma de ser el huérfano de un fusilado en un pueblo donde el silencio impuesto por los vencedores pretendía sepultar la verdad.

La ciencia médica nos explica que el impacto emocional extremo y el trauma se graban a fuego en las estructuras más primitivas y resistentes del cerebro, aquellas que la enfermedad tarda más en devorar. Pero como su hijo, habiendo estado a su lado en ese largo viaje hacia el silencio, prefiero entender la resistencia de su mente desde una dimensión mucho más alta y poética: la justicia.

La memoria de mi padre se rebeló contra la biología y se negó a olvidar por una razón estrictamente moral. Su cerebro retuvo el horror para que la verdad no muriera con él, para seguir actuando como el testimonio vivo e irrefutable de una barbarie que los pactos de silencio intentaron ocultar. Al final de su vida, Diego González nos dio a todos una última y monumental victoria. Recordó el horror del pasado para seguir exigiendo la dignidad que les robaron, y me recordó para aferrarse al amor y no olvidar quién era él mismo. Su memoria no fue destruida por la demencia; se convirtió en un monumento inquebrantable de verdad histórica que hoy recojo con el revolucionario orgullo de ser su hijo.

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