26 de septiembre de 2026

La limpieza del infierno

«España sigue siendo un país al que le han robado la memoria y le han falseado su historia… Necesitamos convertir los centros de tortura en museos».

Carlos Hernández de Miguel

La salida del campo de concentración de Gando no significó la libertad para Lorenzo Angulo, sino el inicio de una condena forzada bajo el amparo de la noche. El régimen franquista en Gran Canaria utilizaba la mano de obra de los prisioneros políticos para sostener los engranajes más oscuros de la represión en la capital de la isla. Su destino asignado fue la conocida como «Comisaría» de Falange en la calle Luis Antúnez de Las Palmas —un edificio cedido que antes del golpe albergaba el colegio Los Salesianos, años después La Salle—, con un horario fijado de doce de la medianoche a siete de la mañana.

El primer encuentro en el despacho del jefe de la organización paramilitar, Alfredo Rivas, marcó con nitidez la naturaleza de su tarea. Rivas lo recibió con total frialdad y de manera explícita le expuso las condiciones de su reclusión atenuada:

—Aquí vienes a limpiar sangre, tripas y ojos extirpados, también la de los rojos de mierda que se cagan encima cuando los colgamos del techo para darles palos hasta en lo blanco del ojo. Esta es tu condena, podrás dormir en tu casa pero aquí estarás desde las doce de la noche a las siete de la mañana. También tendrás que ayudar a sacar los muertos y meterlos en los camiones. Por esto no vas a cobrar nada. Ya date por pagado por no estar muerto.

Cada medianoche, al cruzar el umbral de la calle Luis Antúnez, Angulo se adentraba en un matadero humano. El sótano y las habitaciones habilitadas funcionaban con un sadismo institucionalizado donde se concentraban prisioneros de toda la isla, como los militantes de la Federación Obrera o los conocidos como «los 27 de Agaete». Las técnicas de tormento aplicadas por los falangistas incluían métodos de asfixia, palizas sistemáticas y la ingesta forzada de purgantes nocivos como cristales de sal, exomita o sulfato de magnesio, administrados para quebrar la resistencia física de los detenidos antes de los interrogatorios.

En los techos de las salas permanecían fijadas de forma permanente las sogas de barco destinadas a los ahorcamientos simulados o definitivos, un destino que sufrió, entre otros, el líder sindical de La Isleta Agustín Cabrera. En las zonas de castigo más profundas, los falangistas utilizaban ganchos de hierro incrustados en las paredes para colgar a los presos por los párpados o las órbitas oculares, desfigurándolos por completo antes de su ejecución. El goteo y la acumulación de fluidos en los suelos de cemento obligaban a Angulo a emplear desinfectantes corrosivos de madrugada para borrar las evidencias biológicas antes de que comenzaran los turnos diurnos de los mandos militares.

El silencio impuesto de la madrugada solo se rompía por los lamentos de los calabozos y los intercambios verbales mantenidos a espaldas de la guardia. En una de esas noches de baldeo, mientras Lorenzo limpiaba los restos de sangre cuajada junto a una celda de aislamiento, se aproximó a los barrotes al escuchar la respiración dificultosa de un detenido, un maestro rural de Tenteniguada que presentaba el rostro desfigurado por los golpes.

—No gaste fuerzas, compañero. Beba un poco de agua si puede —susurró Lorenzo, arrastrando el cubo para disimular el ruido mientras le acercaba un cazo de metal.

El maestro, con los ojos severamente dañados por la presión de los ganchos, apenas pudo separar los labios.

—¿Quién queda fuera, hermano? ¿Quién sabe que estamos aquí? —preguntó el prisionero con voz ronca.

—Nadie sabe los nombres exactos, pero en la calle se escuchan los gritos. Manténgase enterito, no firme

nada de lo que le pongan delante.

—Ya no buscan que firme, Lorenzo… Buscan que desaparezcamos. Mañana me toca el camión del Conde. Dile a mi familia que no me quebraron.

La conversación se cortó en seco por el eco de unas botas aproximándose por el pasillo central. Era uno de los custodios falangistas, Olegario Cardona, encargado de supervisar que el prisionero esclavo no flaqueara en su labor de borrado de pruebas. El guardia se detuvo junto a Lorenzo, apoyando la mano en la culata de su arma reglamentaria mientras observaba el rastro de agua enrojecida que corría hacia los desagües.

—Dale duro a ese cepillo, Angulo. Que no quede ni rastro en las esquinas —ordenó el fascista con desprecio, señalando una mancha oscura cerca del gancho del techo—. Si Rivas ve un solo manchón cuando entre por la mañana, tú mismo te encargarás de estrenar la soga.

—Descuide, jefe. Quedará limpio —respondió Angulo manteniendo la vista baja, apretando los dedos contra la madera del escobillón para ocultar el temblor de sus manos.

—Más te vale. Al final del pasillo tienes tres bultos nuevos que bajar al patio trasero antes de las seis. Date prisa, que el camión no espera y a los de Jinámar les gusta trabajar antes de que salga el sol.

La fase final de la jornada de Lorenzo Angulo consistía en el traslado de los fallecidos. Los cuerpos de los represaliados que morían desangrados debido a los golpes de los palos, latigazos o por asfixia en las celdas eran arrastrados por los pasillos interiores del edificio. Bajo la estricta vigilancia de los pistoleros falangistas, Angulo debía cargar a pulso estos cadáveres e introducirlos en la parte trasera de camiones de lona gris que aguardaban con los motores encendidos en el patio de la comisaría delante de la playa de Las Alcaravaneras.

Aquellos vehículos partían antes del alba con destino a los puntos de eliminación masiva designados por la jefatura del régimen en la isla: los pozos, el acantilado de la Marfea o la Sima de Jinámar, un profundo tubo volcánico utilizado como fosa común clandestina para asegurar la desaparición absoluta de las víctimas.

A las siete en punto de la mañana, cuando la luz del amanecer comenzaba a clarear sobre los tejados de Las Palmas, las puertas de la calle Luis Antúnez se abrían para dejar salir a Lorenzo. El contraste con el horror nocturno era inmediato y violento. Afuera, la ciudad despertaba en una simulada y pacífica normalidad: el camión de la leche traqueteaba por los adoquines, los primeros tranvías se ponían en marcha y las mujeres acudían al mercado con sus cestas bajo el brazo. Lorenzo caminaba entre los vecinos arrastrando los pies por el cansancio, con el olor acre del cloro y el hierro de la sangre firmemente pegado a la piel y metido bajo las uñas. Cruzarse con las miradas de los transeúntes que iniciaban su rutina diaria acentuaba la impunidad de lo que ocurría tras los muros que acababa de dejar atrás; nadie hablaba, nadie miraba hacia las ventanas cerradas de la comisaría, como si el horror nocturno se disolviera por completo bajo la luz del sol canario. Para Lorenzo Angulo, el regreso diario a su domicilio al amanecer no representaba un alivio, sino la prolongación de una condena psicológica, sabiendo que su única retribución por borrar las huellas del exterminio fascista era posponer, durante veinticuatro horas más, su propio traslado al fondo de la chimenea volcánica.

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